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viernes, 5 de agosto de 2011

OTRA OPORTUNIDAD PARA MEJORAR



-¡Al salir del bar empezó a comportarse de forma extraña! -comunicaba el dueño del bar a los policías.
El dueño hablaba de un chico que se emborrachó. Los policías le dijeron que el joven había cometido varios delitos: robó una moto y a varias señoras que iban por la calle les quitó el bolso, rompió una papelera y empujó a una persona dejándola caer al suelo. 
Debido a su comportamiento, no tuvieron más remedio que meterle en la cárcel por haber hecho tantas cosas malas.
El joven era adoptado, su madre adoptiva se murió en un accidente de coche, y su padre se murió por una enfermedad. Estaba solo, no tenía a donde ir.
En la cárcel todo era horrible, su habitación era pequeña y muy fría. Solo había una cama y un inodoro muy sucio. Servían muy poca comida y apenas había luz, porque la ventana tan pequeña que había no dejaba pasar luz.
Ya llevaba allí tres días, y era como si hubiera pasado un mes, no aguantaba más, quería gritar, se estaba volviendo loco, sentía como que las paredes se le iban haciendo más pequeñas, por lo  que una noche al servir la cena, le dio un puñetazo al funcionario dejándolo en el suelo.
Se le ocurrió cambiarse la ropa con el funcionario de la cena. Lo dejó tumbado en la cama de medio lado. El joven se camufló un poco la cara, para que los guardias no le pudieran distinguir bien.
Cuando no se veía ningún guardia se dirigió hacia la salida de los trabajadores. Se iba acercando cada vez más a la salida, pensando….
-Todo saldrá bien, todo saldrá bien…-dijo el joven.
Hasta que… ¡estaba fuera!, ¡no se lo podía creer! Llegó al bosque, ya nadie le podía ver; después de unos segundos se escuchó la alarma de la cárcel.
-¡Sí que han tardado en enterarse de que me he escapado! -dijo el joven contento.
Empezó a correr alejándose mucho, mucho de la cárcel. Se había alejado tanto que ya no se veía la cárcel. El bosque era inmenso, tan grande que tardaría en atravesarlo cinco días.
Buscó una zona donde vivir, estaba amaneciendo, se iba viendo el sol. Para vivir allí tenía que hacer una cabaña, o algo lo más parecido a una casa donde pudiera estar. Estuvo todo el día dedicándose a hacer un hogar.
Está casi hecha, la cabaña de madera estaba entre dos troncos donde se sujetaba bastante bien la cabaña. Es más grande que su habitación en la cárcel, con dos ventanas muy bien construidas, el techo estaba cubierto por ramas, y encima había puesto hojas, así no pasaría el agua cuando lloviera, el sol entraría por las ventanas. Era una casa perfecta para vivir. Se tumbó en el suelo, era tarde y estaba cansado.
Cuando amaneció, al pasear por el bosque en busca de comida, encontró un tronco lleno de nueces grandes, también encontró dos cubos de playa, estaban  sucios  y partidos  por la mitad pero se podían  usar. Metió allí todas las nueces y las llevó a la cabaña.
Volvió a por más, cogió todas las que había, le servirían para un par de años enteros. Pensó en coger hierbas para usarlas de cama y almohada, así dormiría más cómodo.
Era una cabaña perfecta. Había un río, parecía limpio y el agua estaba clarita, se podía distinguir con claridad lo que había en el rio. Se metió un poco para ver si cubría mucho, allí se bañaría para estar siempre limpio.
Se fijó que en el agua había peces. ¡Se alegro mucho! Así podría comérselos, cuando los tuviera, haría fuego, con cuidado de que nadie se enterara y de que no quemara el bosque, así asaría los peces para poder comérselos.
No muy lejos encontró un peral rodeado de algunos manzanos. Cogió una pera, la lavó con agua y la probó, estaba muy sabrosa. Cogió unas cuantas y las llevó a la cabaña.
Tenía una vida perfecta.
Un día pasó un chaval, no se podía ni sostener, estaba muerto de hambre, se cayó al suelo, y el joven le ayudó. Lo cogió en brazos y lo llevó hacia su cabaña. Le dio nueces, una manzana y una pera.
El chaval se encontraba mejor, le dijo que se había escapado de la cárcel, llevaba un mes, escarbaba con las cucharas, hasta que encontró la salida. El joven le contó su aventura.
-¡Si quieres, te puedes quedar aquí conmigo a vivir! ¡Yo estoy muy solo, y podríamos vivir juntos! ¿Qué te parece? -dijo el joven.
-¡A mí, genial! -contestó el chaval.
Y así se quedaron a vivir juntos. ¡Entre la naturaleza!
Un día el chaval se empezó a encontrar mal, empezó a sudar mucho, tenía mareos y le temblaban las piernas.
-¡Qué te ocurre! -dijo el joven asustado.
El chaval casi sin fuerzas ni ganas, le dijo:
-Me siento fatal, estoy enfermo.
El joven le agarró y lo sentó en el suelo al ver que parecía que no se podía sostener en pie. Fue al río cogió unas cuantas hojas y las mojó con agua. El joven se las restregó por la frente para quitarle el sudor. Cada minuto que pasaba el chaval se encontraba peor. Se le ocurrió llevarlo al pueblo más cercano de donde se encontraban, así le podrían curar.
Estaba muy pálido, le dio algo para que comiera y tuviera fuerzas, pero se negó. Lo cogió en brazos; de rato en rato paraba  a descansar, estaba agotado.
Ya anochecía. Caminaron durante horas hasta que el joven vio a lo lejos una luz. Cuando estaba más cerca se dio cuenta de que era una farola, ya veía el pueblo.
Caminaba intentando que nadie les viera, puede que la policía los estuvieran buscando, pero ahora su amigo se encontraba grave, con que solo quería que se recuperara aunque después se lo llevaran a la cárcel.
Ya a lo lejos vio el hospital, había una enfermera, el joven le pidió que curasen a su “hijo” ocultando su cara, no había que dar datos verdaderos. La enfermera se acercó al enfermo, vio que sudaba mucho, sentía como mareos, y que le temblaba el cuerpo.
-Pues me temo que su hijo ha comido setas venenosas -dijo la enfermera preocupada.
-¿Se va a morir? -le contestó el joven.
Le realizaron un análisis de sangre, devolvió y le dieron una medicación.
-Ya está, ahora dentro de poco verá como su hijo se encuentra de maravilla -le dijo la enfermera- Si hubiera llegado más tarde se hubiera muerto.
-Muchas gracias enfermera, no sabe lo feliz que estoy -dijo el joven.
-Me alegro, ahora tendrá que estar aquí en reposo como una hora más o menos -le dijo la enfermera.
-No hay problema -le contestó.
El joven estaba contento de que al final todo saliera bien, ahora solo faltaba que se recuperara y se marchasen a la cabaña. Ya habían pasado tres cuartos de hora, y el chaval se despertó.
-¿Te duele algo? -le dijo el joven.
- Me siento muy bien, sin dolores ni nada -le contestó.
-Perfecto, ya nos podemos ir, pero con cuidado de que no nos vea nadie -le dijo el joven.
Le dieron las gracias a la enfermera, y se adentraron en el bosque.
Después de andar tanto, lo primero que hicieron fue comer algo, y seguir hacia delante.
¡La vida les brindaba una nueva oportunidad para ser buenos y felices!

martes, 14 de junio de 2011

¿DÓNDE ESTÁN MIS ALUMNOS?




La profesora ya había recogido el dinero para la excursión al museo.
Pidió a sus alumnos que todos bajaran del autobús en orden y despacio, pero fue como si no hubiera dicho nada.
En la entrada había una señora mirándoles e indicando que la siguieran. Ella les saludó y les dijo que por favor que no tocaran nada del museo, porque había cosas muy delicadas y antiguas.
Empezó diciendo que antes, los faraones tenían joyas y sirvientas que les hacían el trabajo. Los faraones vivían como dioses y conseguían todo lo que deseaban.
- En ese cuadro podéis ver a un faraón abanicado por dos de sus sirvientas, y al lado pirámides -dijo ella- ¿Alguien ha estado en Egipto alguna vez?
- Yo he estado con mi familia allí, de vacaciones -dijo uno.
- Tendréis que llevar, si vais, ropa de verano, camisetas de tirantes, pantalón corto, sandalias…-dijo ella- Podéis sacar alguna foto si queréis, después seguiremos con la visita. Ahora ir viendo lo demás.
Algunos niños se sentaron en un banco.  Uno de ellos, muy curioso, tocó una figura de la pared que tenía un agujero y metió su dedito. De repente ese trozo de la pared dio media vuelta, llevándose a los once niños a un sitio oscuro y frío.
Esos once niños estaban muy asustados y empezaron a dar golpes en la pared. El suelo empezó a temblar, con el peso el suelo se rompió, y cayeron todos al agua. La corriente les iba arrastrando. Tres de ellos no sabían nadar y murieron ahogados.
Llegaron los ocho niños hasta una sala donde había dos sarcófagos de pie. Los niños tuvieron curiosidad por saber lo que había dentro. Cuando los abrieron aparecieron…
- ¡Momias! -dijo uno chillando.
Las dos momias empezaron a moverse y perseguían a los niños.
- ¡A correr! -dijo uno de ellos, asustado.
No sabían qué hacer, no había salida, ¡estaban atrapados!. Se miraban los unos a los otros, sin saber cómo salir de allí. Una momia cogió a un niño, y lo encerró en el sarcófago del que había salido ella.
La otra momia hizo lo mismo que la anterior. Después las dos momias tocaron un dibujo que había en la pared, la pared se levantó y las momias se fueron.
Entonces los niños rápidamente fueron a mirar dentro de los sarcófagos para ayudar a sus dos compañeros, y descubrieron que… ¡Estaban muertos!
Los niños tenían clavados en el pecho seis pinchos con puntas muy afiladas.
Esos seis niños ya temían que iban a morir todos.
Uno de ellos estaba muy asustado, muerto de miedo, y no paraba de llorar, no podía soportar tanto sufrimiento, así que sacó el cuerpo de un niño que estaba en el sarcófago, se metió él, y los pinchos se le clavaron en el pecho al igual que les había ocurrido a los otros dos.
Se fueron de esa sala de la misma forma que lo habían hecho las momias. Ese lugar al que llegaron era enorme, no sabían por dónde salir; uno pensó en romper la pared que les rodeaba, pero los muros eran muy gruesos para poder con ellos.
Más adelante, encontraron una sala que tenía agua. Uno de ellos cogió un palo, y lo metió en el agua, para saber cuánto había de profundidad. Pero de repente apareció en el agua, como una especie de cola de…
-¡Cocodrilos! -dijo uno asustado.
Loa cocodrilos salieron del agua y fueron hacía los niños. Los niños empezaron a correr sin saber cómo escapar de ese lugar. Dos niños, se fueron por un lado y los otros tres por otro, los cocodrilos les pisaban los talones. Quedaron atrapados los tres en una sala sin escapatoria. Los cocodrilos los acorralaron, abrieron la boca y se zamparon a esos tres niños.
Los otros dos niños que quedaban, sabían que en ese momento podían haber muerto. Uno de ellos dijo:
-Tiene que haber algún lugar por el que podamos salir de aquí. En esta sala no hemos estado, ¿verdad?
-No, pero yo no vuelvo a quedarme en ninguna sala, en todas hay algo malo -le contestó.
-Pero puede que encontremos en esta sala alguna escapatoria -le dijo.
-No sé yo, pero yo no entro.
Uno de ellos entró, cuando dio el primer paso, la puerta se cerró, dejándolos separados el uno del otro. Su amigo, fue dando una vuelta alrededor de la sala, para ver si había algo para poder ayudarle, se encontró con un pequeño agujero.
Miró a través de él, y vio que las paredes se cerraban, estaban a punto de aplastar a su amigo. Pero no tenía ninguna salvación. Solo quedaba vivo él.
Empezó a buscar por todos los sitios si había alguna salida. Pasó por un lugar, y vio un dibujo en la pared que le sonaba bastante. No sabía si tocarlo, pero sin pensarlo lo hizo, y la pared dio media vuelta. Se encontraba de nuevo en el museo. Allí estaban sus demás compañeros:
-¿Qué hacéis? -dijo él.
-Buscar a los compañeros que se han perdido -dijo uno de ellos.
-¡Yo sé lo que les ha ocurrido a todos! -dijo él -¡Están muertos!
-¿Qué? -le contestó.
Les empezó a contar a sus compañeros y a la profesora lo ocurrido. Pero… nadie le creía. Llegaron a concluir que habían salido del museo y se habían perdido. La profesora estaba desolada. ¿Qué les diría a sus padres?
Cuando llegaron al colegio, estaban sus padres allí, para recibir a sus hijos, pero diez de ellos se llevarían una mala noticia. La profesora les dijo que se habían perdido, y que habían estado cinco horas buscándolos, pero ni rastro de ellos.
Los padres tenían ganas de chillar y de llorar, estaban confundidos. Tenían ganas de llamar a la policía aunque ya era demasiado tarde.
La excursión al museo se había convertido en una tragedia.
Entonces bajaron el telón del teatro del colegio y, al volverlo a subir aparecieron todos sonrientes y los diez compañeros llenos de manchas de tomate por todas partes.
La función había sido todo un éxito.

domingo, 13 de marzo de 2011

EN MEDIO DE LA NATURALEZA

                   

Una familia se iba de vacaciones a un albergue, estaban muy ilusionados, sobre todo los niños, Óscar y Lucas. Estaba un poco lejos, pero se pasaría el rato enseguida si ponían música. Después de un buen rato de camino, los niños ya se cansaban de escuchar música, de todo, y se estaban mareando.
-¿Falta mucho? -dijo Óscar cansado
-Pues faltará la mitad del viaje, como una hora -le contestó la madre
-¿No podemos parar en alguna parte para que nos dé el aire y descansar? -dijo Lucas
-Vale, pero solo un rato, que nos están esperando para comer allí.
Cuando vieron una zona de descanso aparcaron el coche, y los niños contentos salieron y empezaron a jugar sin desperdiciar el tiempo. Corrían, saltaban, reían... hasta que los padres dijeron:
-¡Vamos niños! Ya es hora de irnos pues no llegaremos para la comida a tiempo.
-Uf, vale. -dijeron los niños
Cuando estaban en el coche, los niños pensaron que para no aburrirse podían jugar al veo, veo. Pero en cuanto pasó un rato ya se cansaron de jugar.
-¡Mamá! -dijo Lucas- ¿falta mucho?
-Ya falta menos, pero si estáis todo el tiempo quejándoos no vais a conseguir nada.
-¿Y qué quieres que hagamos? -dijo Óscar- ¿qué nos quedemos quietos, sin hacer nada, y mirar el paisaje?
-¡Pues sí, eso mismo quiero que hagáis!, sin molestarnos, que si no le ponéis nervioso a vuestro padre y lo distraéis.       
Después de un rato, ya vieron un cartel que ponía “Albergue Familiar”. Los niños se alegraron y ya estaban más tranquilos al saber que ya casi habían llegado.
A partir de donde vieron el cartel, la carreta fue distinta, y costaba más circular por ella por la cantidad de piedras que había, y las curvas. Más adelante ya vieron las instalaciones, había una señora mirándolos, indicándoles que aparcaran el coche donde ella les señalaba.
-¡Qué bien que ya hemos llegado! -dijo Óscar contento
-Sí, ya me estaba hartando de coche.
-Bueno, ya estamos aquí. Ahora cogeremos las maletas y las dejaremos donde nos digan.
La señora les dio la llave de la cabaña donde iban a dormir, para poder dejar las cosas. Al entrar había dos literas, una a cada lado. No era muy grande, pero sí muy acogedora. La señora les dijo que se fueran rápido al comedor, y se encontraron con más personas que habían ido allí a pasar las vacaciones.
-¡De momento todo me  está gustando! -dijo Lucas- No es como me lo imaginaba, pero está bastante bien.
La mujer les acompañó al comedor porque no sabían dónde estaba. Era bastante grande, aunque en ese momento solo estaban ellos, porque como habían llegado un poco más  tarde, ya habían comido los demás.
Al terminar de comer hablaron con la encargada, que les explicó dónde estaban los baños, los horarios de la comida, la cena y el desayuno. También les dijo que por la noche hacía frío, y había que abrigarse para poder salir. Cuando lo tuvieron todo claro se fueron a su cabaña.
-¿Aquí hay niños? -dijo Lucas
-Pues no sé, alguno habrá. -contestó la madre
El paisaje era todo de árboles, se parecía mucho a un bosque, como el de los cuentos. La encargada les dijo que por el día hacía calor, pero por la noche frío. Se llevaron al albergue unas raquetas de bádminton para jugar, el parchís, las cartas...
Decidieron salir a dar un paseo para ver el lugar y conocerlo mejor. Encontraron unos troncos en el suelo, como si los hubieran cortado con una sierra o se hubieran caído al suelo. No eran muy grandes y se podían mover con facilidad.
-¡Mira que troncos! -dijo Óscar- ¡Ya sé que podríamos hacer con ellos!
-¿Qué se te ha ocurrido? -dijo Lucas
-Podríamos montar una cabaña o una choza, como la de los indios. -le contestó
-Ah, sí, eso es una muy buena idea, y entretiene un montón. Seguro que nos va a quedar genial -dijo Lucas supercontento
-Mañana empezaremos, ahora estoy cansado, y después de cenar ya será tarde, y como estará oscuro no se verá lo suficiente para montarla. -dijo Óscar
Cansados, entraron a la cabaña y se tumbaron en la cama. Se quedaron allí hasta la hora de la cena. Al poco tiempo, llegó la hora de ir a cenar, se pusieron cada uno su chaleco y se fueron todos juntos. Al entrar en el comedor, cogieron las bandejas y la cocinera les sirvió la cena.
-¡Qué bien, hay sopa y albóndigas! -dijo Óscar
-Después de cenar, a la cama. -dijo el padre
-Papi, no, déjanos salir a dar un paseo antes de irnos a la cama, por fi. -dijo Lucas
-Vale, un rato, pero os tendréis que abrigar para no constiparos, que ya sabéis que por la noche aquí hace frío. -dijo la madre
Después de cenar, se cogieron el abrigo y salieron a dar un paseo. El cielo estaba precioso, lleno de estrellas. Cuando pasearon un poco, dijeron:
-Mañana montamos la cabaña como la de los indios. -dijo Lucas
Se fueron hacia su cabaña, la de dormir, no la de los indios. Se pusieron el pijama y se echaron a la cama.
-Yo hoy duermo arriba, y tú mañana. -dijo Óscar             
-Vale. -le contestó Lucas
Después de unas horas, Lucas despertó a sus padres y les dijo:
-Tengo que ir al baño.
-Cariño, acompáñale al baño. -dijo la madre
-Vamos, cógete el abrigo que te acompaño al baño. -dijo el padre
Se pusieron el abrigo, salieron de la cabaña y se fueron hacia los baños
-¡Venga, Lucas, que estoy cansado!, me quiero ir a dormir. Te espero fuera. -dijo el padre
-Ya voy -le contestó
Cuando terminó Lucas, se dirigieron a la cabaña, entraron y se echaron de nuevo a la cama. Al día siguiente, se cambiaron de ropa, se pusieron el abrigo y se dirigieron hacia el comedor. Cuando terminaron de desayunar, Lucas y Óscar empezaron a montar la cabaña.
-Coge tú del otro extremo del tronco, ayúdame a levantarlo y lo apoyamos en este tronco. -dijo Lucas
-Ten cuidado, a ver si nos vamos a hacer daño -le contestó su hermano
Cuando apoyaron el árbol, cogieron otro, así hasta que tuvieron unos cuantos. Ya se iba pareciendo más a las cabañas de los indios.
-Ya nos falta menos. Un tronco más y estará terminada. -dijo Óscar
Al poner el último tronco, a Lucas le hacía daño un dedo, y se dio cuenta de que se le había clavado una astilla.
-¡Se me ha clavado una astilla en el dedo!. Ahora vuelvo, que le voy a decir a papá que me la quite con un alfiler. -dijo Lucas
Lucas intentó no llorar, porque su padre siempre decía que los niños valientes no lloraban. Se le escapó alguna lágrima, pero al final se la quitó.
-Ya me la ha quitado papá. -dijo Lucas al volver
Al terminar la cabaña, sobraron algunos troncos. A ellos les gustaba mucho andar por encima de ellos. Pensaron que no estaría mal poner algún adorno en la cabaña, pero como allí no tenían nada para poder poner, la dejaron así.
Para descansar de la faena dieron una vuelta, y vieron que había más casetas o cabañas a lo lejos, montadas con troncos y cuerdas. Se acercaron un poco para verlas, estaban bastante mejor construidas que la que habían hecho ellos, pero les daba igual, porque se lo habían pasado bien construyéndola.
-¡Qué cabañas tan bien construidas! -dijo Óscar
-Vamos a volver a nuestra cabaña, por si nos están buscando nuestros padres. -dijo Lucas
Al entrar en la cabaña, Lucas y Óscar le contaron a sus padres lo que habían hecho esa mañana, y que se habían divertido mucho.
-¡A ver cómo os ha quedado la cabaña! -dijo la madre
Los niños le enseñaron a su madre la cabaña, estaba muy bien hecha. Su padre estaba en el baño, por eso no se la enseñaron en ese momento, se la enseñaron cuando volvió.
Cuando llegó la hora de comer, se fueron hacia el comedor, y contentos empezaron juntos a comer. Al terminar le llevaron la bandeja a la cocinera.
Ya habían salido todos del comedor, y los padres dijeron a los niños que esa tarde se marchaban.
-Lo siento, pero esta tarde nos vamos. Le habíamos dicho a tu abuelo que iríamos el 3 de agosto a visitarle. -dijo la madre
-¡Pero hemos estado muy poco en este sitio, solo dos días! -dijo Lucas
-Ya lo sé, además, no sabíamos si esto os iba a gustar, pero como he visto que sí y mucho, pues ya vendremos para navidad, o semana santa. -dijo la madre
-¡Vale, para navidad o semana santa volvemos! -dijo Óscar no muy contento por irse
Se despidieron de la cocinera, y como solo habían estado dos días no hicieron muchos amigos, pero se divirtieron a tope. Hicieron sus maletas, se montaron en el coche y por el camino recordaban cómo se lo habían pasado.

martes, 7 de diciembre de 2010

LO QUE DE VERDAD IMPORTA

                                 

Un día a una niña le pasó algo que creyó que nunca le podía pasar. Se llamaba Amelia y tenía 10 años. Vivía con su padre y su madre en un pueblecito no muy grande, Nublejos, donde todos los niños se reunían para jugar.
-Hola chicos, ¿qué  vamos hacer esta tarde? -dijo ella.
-Pues no sé, aunque hoy parece un buen día para ir al río a jugar con el agua, y coger pececitos. -dijo uno de los niños.
-Entonces nos vemos luego en el río. -dijo Amelia.
 Amelia le dijo a su madre lo que habían hablado ella y sus amigos,  y aunque a su madre no le gustó mucho la idea de que fueran al río, Amelia se marchó. Fueron todos los niños con sus botas de agua. Amelia llevaba en el dedo un anillo que le había regalado su madre en su último cumpleaños. Se metieron en el interior del río, el agua estaba un poco fría.
-¡Mirad qué pececito tan bonito he encontrado! -dijo Amelia. Voy a cogerlo.
Metió la mano, pero cuando sacó la mano del agua, el anillo había desaparecido. Empezó a buscarlo a lo largo del río, y como estaba tan triste, no se daba cuenta que cada vez se alejaba más de los demás. Siguió buscando un buen rato, y cuando se dio cuenta, se había perdido, no sabía en qué punto del río se encontraba. De repente, vio una serpiente de agua y se asustó.
-¡Qué miedo, hay una serpiente y es muy grande! -dijo asustada. Voy a intentar esquivarla y seguiré adelante.
Consiguió alejarse de la serpiente y suspiró aliviada.
-¡Me he perdido, y además también he perdido el anillo, y ahora qué hago! -dijo ella triste.
Amelia se echó a llorar, en ese momento necesitaba a sus padres. No sabía qué hacer y cada vez se encontraba más nerviosa porque, según iba avanzando,  el agua le cubría más, ya le llegaba casi a las rodillas. Como estaba rodeada de ramas, hojas…  intentó atravesar todo eso y se raspó un poco.
-¡Qué daño, ya me he raspado con una rama! -dijo Amelia llena de tristeza.
Cuando consiguió salir del río, se encontraba en la carretera, estaba muy cansada, pero vio a lo lejos una casa pequeña, vieja, que estaba al otro lado de la carretera.
-Voy a ver si me pueden ayudar y darme un poco de agua, porque estoy sedienta. -dijo Amelia cansada- Pero antes de ir voy a ver si pasa algún coche.
Mientras tanto en su pueblo ocurría esto:
-¿Dónde está Amelia?, no la veo por ninguna parte. -dijo un amigo de Amelia-. Vamos a buscarla.
-¡Amelia,  Amelia,  Amelia! ¿Dónde estás? -dijeron todos sus amigos a la vez.
Como no la encontraban, tristes, fueron a su casa a avisar a sus padres para que estuvieran al tanto de lo que había ocurrido. Se lo explicaron todo lo que había pasado, pero los padres no se lo tomaron muy bien y empezaron a buscarla, si no aparecía llamarían a la policía.
 Mientras Amelia, que ya había llegado a la casita, tocó a la puerta y le atendieron dos personas mayores.
-¡Hola!, me he perdido y necesito que me ayuden. -dijo Amelia.
Esas personas la atendieron muy amablemente, y le dieron algo de beber. Amelia  preguntó:
-¿Cuánto falta para llegar a Nublejos? -dijo ella.
-Siguiendo esta carretera llegarás,  faltará como un kilómetro. -dijeron ellos.
Amelia muy contenta les dio las gracias por la ayuda que le habían ofrecido y se fue corriendo, tenía un poco de miedo porque se estaba haciendo muy tarde. Estaba asustada y preocupada por su familia. Más adelante, se encontró un pajarito herido en medio de la carretera, tenía las alas aplastadas y no podía volar.
-¡Pobre pajarito!, seguro que lo habrá atropellado algún coche. -dijo Amelia-. Lo voy a coger y cuando llegue a casa lo cuidaré hasta que se recupere.
Tenía las plumas de color blanco y negro muy bonitas, la lástima era que estaba herida. En cuanto empezó a ver el pueblo, se alegró mucho. Fue hacia su casa pero vio que se encontraban todos en la plaza del pueblo. Al ver a sus padres se acercó a ellos, dejó el pajarito en el suelo, y les dio un abrazo tan fuerte que parecía que hacía un siglo que no los hubiera visto. Recogió el pajarito y les fue contando a sus padres y a sus amigos todo lo que a ella le había pasado, desde el principio hasta el final.
-¡Menos mal que estás bien!, da igual que se haya perdido el anillo, tú eres lo que de verdad importa. -dijo la madre. Eso sí, ahora hay que curar al pajarito, pero no me vuelvas a dar otro susto así.
Ya había pasado todo, ahora se encontraba en Nublejos con los demás. Amelia fue muy valiente. Pero quién sabe lo que hubiera podido ocurrir.
-Vamos a olvidar todo esto que ha pasado y vamos a jugar, que el día sigue. -dijo un amigo de Amelia.
Cuando llegó la hora de cenar, Amelia se fue a su casa cansada, y se lavó muy bien las manos con jabón, porque las tenía muy sucias de estar por el río jugando.
-¿Qué hay de cenar mamá? -dijo Amelia hambrienta.
-Sopa muy calentita, y después un vaso de leche con cereales. -dijo la madre.
Amelia empezó a cenar, olvidándose de todo lo malo que le había pasado ese día. Cuando acabó, le dio un beso a su madre, y aunque no tenía muchas ganas, se dio una ducha antes de irse a la cama, porque el día había sido agotador.
-Tienes la toalla encima de la silla, y si tienes frío avísame que te pondré la estufa -dijo la madre en voz alta.
-Vale mamá, pero deja de chillar que nos van a oír los vecinos. -le contestó Amelia.
Cuando acabó, subió a su cuarto, y se puso el pijama. Sus padres ya estaban en la cama porque no había sido un día muy agradable al enterarse de que su hija había desaparecido. Amelia cerró los ojos y dijo en voz baja:
- Otra vez, tendré más cuidado. -dijo Amelia casi dormida.
Cuando se hizo de día y se despertó, Amelia se dio cuenta de que el pajarito no se movía. Había muerto por la noche. Amelia se puso a llorar.
-¿Qué te pasa cariño? -dijeron sus padres.
-El pajarito se ha muerto. -dijo ella triste.
-Lo siento mucho cariño, pero tendrás que sacarlo fuera. -dijo su padre.
-Está bien papá, pero lo quiero enterrar en el jardín, para recordar siempre mi aventura. -dijo Amelia.
Los padres le contestaron que sí. Lo cogió, y con sus manos empezó a escarbar, lo enterró llena de tristeza, diciendo:
-Adiós pajarito, no te olvidaré. -dijo Amelia.
-Ve a lavarte la cara Amelia, que la tienes llena de lágrimas, y así no es que estés muy guapa. -dijo su madre.
Amelia se fue a lavar la cara. Intentó no recordar lo que le había pasado al pajarito, y decidió quedarse en casa a ver la televisión para entretenerse un rato.
Llegaron sus amigos para que saliera a jugar con ellos, pero decidió quedarse en casa a ver la televisión porque todavía sentía mucha tristeza por su pajarito. Sus amigos, se marcharon a jugar sin Amelia. Ella al ver que los había dejado solos, cambió de opinión, cogió la chaqueta, y se fue corriendo a alcanzarlos.
Cuando regresó de nuevo a casa, su madre le tenía preparada una sorpresa. En una tarjeta ponía “tú eres lo que de verdad me importa”, y dentro ya pudo imaginar lo que había: un anillo como el que se le había perdido, y que pensaba que tanto iba a disgustar a su madre.