sábado, 9 de abril de 2011

LA NUEVA VIDA DE LISA


   















                                                 
Lisa era una chica alta, delgada, con el pelo largo, y siempre llevaba tacones. Se mudaba a otro barrio, porque en su casa no había ascensor y, como vivía en el penúltimo piso, no le gustaba tener que subir todas las escaleras nada más llegar de la calle.
Iba con una maleta en cada mano y un bolso colgado en el hombro. Tenía cara de cansancio del peso que llevaba. Por el camino se encontró un décimo de lotería en el suelo. Se paró, dejó las cosas en el suelo y lo cogió. Se lo guardó en el bolsillo del abrigo para no perderlo.
Más adelante, ya veía el edificio donde iba a vivir. Estaba allí la agente comercial que el otro día le había enseñado la casa para ver si le gustaba.
-¡Hola! -dijo Lisa- Ya llegué. Después de tanto buscar una casa apropiada para mí, ya me he decidido.
 -Me alegro mucho que ya la haya encontrado -dijo la agente contenta.
Le dio algo de dinero, entró a su nueva casa y se despidió de la agente. Empezó a colocar su equipaje: la ropa al armario, los cuadros en la pared, la comida a la nevera…
Cuando ya estaba todo en su sitio, salió fuera a dar un paseo para que le diera el aire. Cogió su abrigo y la bufanda.
Como estaba soltera, se aburría la mayor parte del día sola. Pero un día se planteó tener un marido, aunque para ella eso le iba a ser muy complicado, pues no era tarea fácil. Al pasear vio a una pobre señora, que estaba en medio de la calle pidiendo que le diesen algo. Lisa, pensó en darle el décimo a la señora, lo necesitaba más que ella.
Cuando dio una vuelta por el barrio, entró a su casa, se quitó el abrigo, y se tumbó en el sofá para descansar. Al día siguiente tomó para desayunar unas tostadas con mantequilla y un vaso calentito de leche. Se acercó a la puerta, abrió y cogió el periódico que estaba en el suelo, se sentó y empezó a leerlo. Vio la sección de empleos, y buscó un trabajo apropiado para ella.
-Basurera, no.
-Niñera, tampoco.
-Profesora tampoco.
-Bombera, tampoco. -dijo pensando
-¡Sí eso sí, secretaría!
Llamó al número de teléfono y le aceptaron en el trabajo. Empezaba mañana mismo, aunque ese día solo le explicarían lo que tenía que hacer.
Cuando terminó de desayunar, se vistió, y se fue a comprar unos zapatos con tacones que le quedasen bien, ella siempre quería estar mona. Lo malo es que tenía una mancha en el cuello que era muy fea, y para ocultarla siempre llevaba una camiseta larga, para que nadie viera esa mancha.
Se fue hacia la tienda, y empezó a ver todos los zapatos que había. Unos le gustaron mucho, pero el precio era muy caro y no los podía comprar porque, después de haber comprado la casa, tenía que ahorrar un poco de dinero.
Volvió a casa con un foular y unos zapatos nuevos, no muy caros.
Decidió salir a pasear, se chocó con una persona y le tiró todos los libros que llevaba encima. Le ayudó a recogerlos y se disculpó.
-Lo siento, no te había visto. -dijo ella.
-Tranquila, no pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir. -dijo Jaime, el chico.
-Parece que te gusta mucho leer, ¿no? -dijo Lisa.
-¡Sí, vengo de la biblioteca! -le contestó.
Jaime y Lisa hablaron un rato y se conocieron un poco mejor. Se despidieron y cada uno siguió su camino. Fue a la biblioteca, y pensó que podría coger unos libros por si se aburría y no sabía qué hacer. Se fue hacia su casa y dejó los libros encima de la mesa.
Pensó que podría conocer a sus vecinos. Salió de casa y llamó a la puerta de al lado.
-¡Hola! -dijo Lisa. -Llegué ayer, y quería saber quiénes van a ser mis vecinos.
-Pues me parece muy bien. Yo soy Carlos y esta es mi mujer Clara. -dijo el vecino.
-¡Encantada de conoceros, adiós, ya nos iremos viendo!. -dijo ella contenta.
Fue al otro lado del rellano, pero no había nadie, estaba en venta. Se fue a su casa, y como era tarde, cenó, se fue al baño y se echó a la cama. En realidad, no había tenido un tan mal día como ella se había imaginado.
Otro día. Se despertó, salió de casa y se fue hacia el trabajo. Cuando llegó, se saludaron y empezó a explicarle paso a paso todo lo que iba a tener que hacer allí.
-Entonces yo los atiendo y les doy lo que ellos me piden. -dijo Lisa.
-Sí eso quiero que hagas, pero tienes que saber donde está cada cosa: los lápices, los bolis, las pinturas, el pegamento… -dijo ella
-Si quieres hoy te puedes ir ya a casa y mañana empiezas a trabajar. –dijo la jefa.
-Ah pues vale, así para mañana ya lo tendré todo claro. -le contestó Lisa.
Al irse hacía su casa, compró una barra de pan en el supermercado, la pagó y siguió su camino. Se dio cuenta de que había llegado alguien a la casa de al lado, la que estaba en venta. Se acercó a ver y vio quién sería su nueva vecina. Tocó a la puerta y de repente:
-¡Caramba! -dijo sorprendida. -¡Pero si yo a usted la conozco!
-Gracias a ese décimo que me dio me cambió la vida, de estar en la calle, ahora me encuentro aquí, en una casa, y no paso frío. Me sobró hasta dinero para cambiarme de ropa, ducharme y comer algo para recuperar fuerzas. -dijo la señora, feliz.
-¡Ay!, pero qué bien. ¡Cuánto me alegro! -dijo Lisa.
Se fue a su casa, sorprendida por lo que le acababa de ocurrir. Ella pensaba, le doy a una señora pobre un décimo, y al día siguiente me la encuentro viviendo al lado, feliz y sobrándole dinero. Si no se lo hubiera dado, ahora mismo yo tendría mucho dinero, pero me alegro de haberle ayudado a reconstruir su penosa vida.
-¡Qué mañana tan rara! -concluyó Lisa
Al rato empezó a comer. Como estaba muy silenciosa la casa, se puso la tele a ver lo que echaban, hasta que encontró algo entretenido para ver. Pasó la tarde, cenó, se lavó los dientes, hizo pis y se echó a la cama.
Ella en la cama pensaba…
-¿Por qué todos los días tendrán que ser iguales o parecidos? -dijo pensando -Levantarse, desayunar, lavarse los dientes, ir a trabajar, comer, dar un paseo, ver la televisión… Aunque a veces, pasan cosas distintas, raras. Como hoy con la nueva vecina, fue algo muy sorprendente y maravilloso.
Cerró los ojos, intentó dormir. Después de un rato se levantó, cogió un bolígrafo y escribió algo en la pared. Volvió a dejar el bolígrafo donde lo había cogido, se fue hacia su cama, pero se tropezó con la alfombra y se cayó, se volvió a levantar y se echó a la cama de nuevo.
Por la mañana, se dirigió al salón, se preparó el desayuno y…
-¿Y eso? Eso no estaba ayer, que me acuerdo perfectamente. -dijo Lisa, extrañada
Se levantó de la silla, se acercó y vio que ponía: “Sonámbula”
-¡Qué raro!, no creo que lo haya puesto yo. O puede que sí, y que sea para que yo sepa que soy sonámbula. -dijo ella
Como tenía prisa, se fue hacia el trabajo, sin poder olvidar todo lo sucedido.
Se acordó de pronto de que le pareció ver algo escrito en la pared cuando fue a visitar la casa por primera vez, pero entonces no le había prestado ninguna atención.
Esa noche había soñado precisamente con todo eso, lo de me levanto, me caigo, me levanto, me voy a la cama, el boli, la alfombra. “Caso felizmente cerrado”,  pensó ella, y respiró aliviada, pues ser sonámbula no le hacía ninguna gracia.
Mientras iba por la calle ensimismada con todos sus pensamientos, vio que se le acercaba el chico tan majo de los libros del otro día. Se pusieron los dos tan contentos por haberse vuelto a encontrar…, y hasta el día de hoy, Lisa y Jaime, siguen juntos y felices.

domingo, 13 de marzo de 2011

EN MEDIO DE LA NATURALEZA

                   

Una familia se iba de vacaciones a un albergue, estaban muy ilusionados, sobre todo los niños, Óscar y Lucas. Estaba un poco lejos, pero se pasaría el rato enseguida si ponían música. Después de un buen rato de camino, los niños ya se cansaban de escuchar música, de todo, y se estaban mareando.
-¿Falta mucho? -dijo Óscar cansado
-Pues faltará la mitad del viaje, como una hora -le contestó la madre
-¿No podemos parar en alguna parte para que nos dé el aire y descansar? -dijo Lucas
-Vale, pero solo un rato, que nos están esperando para comer allí.
Cuando vieron una zona de descanso aparcaron el coche, y los niños contentos salieron y empezaron a jugar sin desperdiciar el tiempo. Corrían, saltaban, reían... hasta que los padres dijeron:
-¡Vamos niños! Ya es hora de irnos pues no llegaremos para la comida a tiempo.
-Uf, vale. -dijeron los niños
Cuando estaban en el coche, los niños pensaron que para no aburrirse podían jugar al veo, veo. Pero en cuanto pasó un rato ya se cansaron de jugar.
-¡Mamá! -dijo Lucas- ¿falta mucho?
-Ya falta menos, pero si estáis todo el tiempo quejándoos no vais a conseguir nada.
-¿Y qué quieres que hagamos? -dijo Óscar- ¿qué nos quedemos quietos, sin hacer nada, y mirar el paisaje?
-¡Pues sí, eso mismo quiero que hagáis!, sin molestarnos, que si no le ponéis nervioso a vuestro padre y lo distraéis.       
Después de un rato, ya vieron un cartel que ponía “Albergue Familiar”. Los niños se alegraron y ya estaban más tranquilos al saber que ya casi habían llegado.
A partir de donde vieron el cartel, la carreta fue distinta, y costaba más circular por ella por la cantidad de piedras que había, y las curvas. Más adelante ya vieron las instalaciones, había una señora mirándolos, indicándoles que aparcaran el coche donde ella les señalaba.
-¡Qué bien que ya hemos llegado! -dijo Óscar contento
-Sí, ya me estaba hartando de coche.
-Bueno, ya estamos aquí. Ahora cogeremos las maletas y las dejaremos donde nos digan.
La señora les dio la llave de la cabaña donde iban a dormir, para poder dejar las cosas. Al entrar había dos literas, una a cada lado. No era muy grande, pero sí muy acogedora. La señora les dijo que se fueran rápido al comedor, y se encontraron con más personas que habían ido allí a pasar las vacaciones.
-¡De momento todo me  está gustando! -dijo Lucas- No es como me lo imaginaba, pero está bastante bien.
La mujer les acompañó al comedor porque no sabían dónde estaba. Era bastante grande, aunque en ese momento solo estaban ellos, porque como habían llegado un poco más  tarde, ya habían comido los demás.
Al terminar de comer hablaron con la encargada, que les explicó dónde estaban los baños, los horarios de la comida, la cena y el desayuno. También les dijo que por la noche hacía frío, y había que abrigarse para poder salir. Cuando lo tuvieron todo claro se fueron a su cabaña.
-¿Aquí hay niños? -dijo Lucas
-Pues no sé, alguno habrá. -contestó la madre
El paisaje era todo de árboles, se parecía mucho a un bosque, como el de los cuentos. La encargada les dijo que por el día hacía calor, pero por la noche frío. Se llevaron al albergue unas raquetas de bádminton para jugar, el parchís, las cartas...
Decidieron salir a dar un paseo para ver el lugar y conocerlo mejor. Encontraron unos troncos en el suelo, como si los hubieran cortado con una sierra o se hubieran caído al suelo. No eran muy grandes y se podían mover con facilidad.
-¡Mira que troncos! -dijo Óscar- ¡Ya sé que podríamos hacer con ellos!
-¿Qué se te ha ocurrido? -dijo Lucas
-Podríamos montar una cabaña o una choza, como la de los indios. -le contestó
-Ah, sí, eso es una muy buena idea, y entretiene un montón. Seguro que nos va a quedar genial -dijo Lucas supercontento
-Mañana empezaremos, ahora estoy cansado, y después de cenar ya será tarde, y como estará oscuro no se verá lo suficiente para montarla. -dijo Óscar
Cansados, entraron a la cabaña y se tumbaron en la cama. Se quedaron allí hasta la hora de la cena. Al poco tiempo, llegó la hora de ir a cenar, se pusieron cada uno su chaleco y se fueron todos juntos. Al entrar en el comedor, cogieron las bandejas y la cocinera les sirvió la cena.
-¡Qué bien, hay sopa y albóndigas! -dijo Óscar
-Después de cenar, a la cama. -dijo el padre
-Papi, no, déjanos salir a dar un paseo antes de irnos a la cama, por fi. -dijo Lucas
-Vale, un rato, pero os tendréis que abrigar para no constiparos, que ya sabéis que por la noche aquí hace frío. -dijo la madre
Después de cenar, se cogieron el abrigo y salieron a dar un paseo. El cielo estaba precioso, lleno de estrellas. Cuando pasearon un poco, dijeron:
-Mañana montamos la cabaña como la de los indios. -dijo Lucas
Se fueron hacia su cabaña, la de dormir, no la de los indios. Se pusieron el pijama y se echaron a la cama.
-Yo hoy duermo arriba, y tú mañana. -dijo Óscar             
-Vale. -le contestó Lucas
Después de unas horas, Lucas despertó a sus padres y les dijo:
-Tengo que ir al baño.
-Cariño, acompáñale al baño. -dijo la madre
-Vamos, cógete el abrigo que te acompaño al baño. -dijo el padre
Se pusieron el abrigo, salieron de la cabaña y se fueron hacia los baños
-¡Venga, Lucas, que estoy cansado!, me quiero ir a dormir. Te espero fuera. -dijo el padre
-Ya voy -le contestó
Cuando terminó Lucas, se dirigieron a la cabaña, entraron y se echaron de nuevo a la cama. Al día siguiente, se cambiaron de ropa, se pusieron el abrigo y se dirigieron hacia el comedor. Cuando terminaron de desayunar, Lucas y Óscar empezaron a montar la cabaña.
-Coge tú del otro extremo del tronco, ayúdame a levantarlo y lo apoyamos en este tronco. -dijo Lucas
-Ten cuidado, a ver si nos vamos a hacer daño -le contestó su hermano
Cuando apoyaron el árbol, cogieron otro, así hasta que tuvieron unos cuantos. Ya se iba pareciendo más a las cabañas de los indios.
-Ya nos falta menos. Un tronco más y estará terminada. -dijo Óscar
Al poner el último tronco, a Lucas le hacía daño un dedo, y se dio cuenta de que se le había clavado una astilla.
-¡Se me ha clavado una astilla en el dedo!. Ahora vuelvo, que le voy a decir a papá que me la quite con un alfiler. -dijo Lucas
Lucas intentó no llorar, porque su padre siempre decía que los niños valientes no lloraban. Se le escapó alguna lágrima, pero al final se la quitó.
-Ya me la ha quitado papá. -dijo Lucas al volver
Al terminar la cabaña, sobraron algunos troncos. A ellos les gustaba mucho andar por encima de ellos. Pensaron que no estaría mal poner algún adorno en la cabaña, pero como allí no tenían nada para poder poner, la dejaron así.
Para descansar de la faena dieron una vuelta, y vieron que había más casetas o cabañas a lo lejos, montadas con troncos y cuerdas. Se acercaron un poco para verlas, estaban bastante mejor construidas que la que habían hecho ellos, pero les daba igual, porque se lo habían pasado bien construyéndola.
-¡Qué cabañas tan bien construidas! -dijo Óscar
-Vamos a volver a nuestra cabaña, por si nos están buscando nuestros padres. -dijo Lucas
Al entrar en la cabaña, Lucas y Óscar le contaron a sus padres lo que habían hecho esa mañana, y que se habían divertido mucho.
-¡A ver cómo os ha quedado la cabaña! -dijo la madre
Los niños le enseñaron a su madre la cabaña, estaba muy bien hecha. Su padre estaba en el baño, por eso no se la enseñaron en ese momento, se la enseñaron cuando volvió.
Cuando llegó la hora de comer, se fueron hacia el comedor, y contentos empezaron juntos a comer. Al terminar le llevaron la bandeja a la cocinera.
Ya habían salido todos del comedor, y los padres dijeron a los niños que esa tarde se marchaban.
-Lo siento, pero esta tarde nos vamos. Le habíamos dicho a tu abuelo que iríamos el 3 de agosto a visitarle. -dijo la madre
-¡Pero hemos estado muy poco en este sitio, solo dos días! -dijo Lucas
-Ya lo sé, además, no sabíamos si esto os iba a gustar, pero como he visto que sí y mucho, pues ya vendremos para navidad, o semana santa. -dijo la madre
-¡Vale, para navidad o semana santa volvemos! -dijo Óscar no muy contento por irse
Se despidieron de la cocinera, y como solo habían estado dos días no hicieron muchos amigos, pero se divirtieron a tope. Hicieron sus maletas, se montaron en el coche y por el camino recordaban cómo se lo habían pasado.

sábado, 5 de febrero de 2011

UN ENCUENTRO INESPERADO

                               

Unas ardillitas estaban en un árbol subidas, vivían en él; pero un día tuvieron que abandonarlo porque vieron que se dirigían hacia ellas unos leñadores para cortar el árbol; los leñadores estaban cortando todos los árboles de la zona.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -dijo una ardilla.
-Pues supongo que tendremos que buscar otro árbol, que se encuentre lejos de esos leñadores.  -dijo la otra.
Se adentraron más hacia el bosque, estaban en la época de invierno, y si no encontraban pronto un lugar para protegerse del frío, se congelarían y se morirían de hambre.
Más adelante, vieron un lago muy grande, casi congelado, y no querían arriesgarse a pasar por encima. Subieron a un árbol para ver donde se encontraba el otro extremo del lago y poder ir por tierra; pero al mirar se dieron cuenta de que había una cueva de lobos, y cambiaron de idea.
-Tendremos que pasar por encima, con cuidado de que no se rompa el hielo -dijo una.
-Sí, porque si no nos hundiremos; además, no sabemos nadar -dijo la otra.
Las ardillas pusieron un pie, y otro, y otro, y así poco a poco. De repente, un lobo salió de la cueva, las observó y se acercó. Como él desde atrás veía que el hielo estaba a punto de romperse, las ayudó. Fue corriendo hacia ellas, las cogió con la boca, con cuidado de no hacerles daño, pegó un brinco, y las llevó a la orilla. De pronto, se rompió la laguna por el peso del lobo.
-¡Gracias por habernos ayudado! -dijeron las ardillitas.
-¿Por qué no habéis ido andando? -dijo el lobo.
-Es que pensábamos que nos podríais comer, o hacernos daño. -dijo una ardilla, temerosa.
-¡Qué va!, nosotros no haríamos eso. Bueno, por lo menos yo -dijo el lobo – Bueno, ¡que tengáis un buen día!
Las ardillitas siguieron su camino, buscando y mirando un árbol que les pudiera proteger del frío. Después de un tiempo, vieron que muchos pajaritos volaban con mucha prisa y todos asustados. Escucharon un ruido de escopeta, y entonces las ardillas también se pusieron a correr. Iban de un lado a otro, esquivando los árboles, nerviosas.
-¡Vamos a ese árbol para escondernos mientras tanto! -dijo una.
-¡Vamos! -dijo la otra.
Subieron a lo alto del árbol y por un agujerito veían todo lo que ocurría: dos pajaritos cayeron al suelo a gran velocidad. Lo que no podían entender las ardillas, era por qué ese cazador mataba a los pájaros y no los recogía.
Más tarde, cuando el cazador ya se había ido, bajaron del árbol y se acercaron a los pájaros, para ver si alguno estaba vivo y poder ayudarle, pero todos estaban muertos.
-¡Malvado cazador!, ¡qué forma de entretenerse!  -dijo una ardilla triste.
-¡Si pudiéramos hacer algo! -dijo la otra.
Las ardillas, muy apenadas siguieron su camino. Después de mucho andar, vieron un lugar que estaba  bien, sin ruidos de escopetas, sin leñadores, sin animales peligrosos, y con grandes y fuertes árboles. Subieron a uno y estaban bastante bien. Se encontraron con más ardillitas que les ofrecieron algo para comer. Era un lugar en el que se podría vivir tranquila.
-Después de tanto andar, al final ha valido la pena, aunque hayamos tenido que pasar muchas cosas malas -dijo una ardillita, aliviada.
-Pues la verdad es que sí -dijo la otra.
Pasado todo el invierno, llegó la primavera. Lo que más les gustaba era la estación del otoño. La primavera también les gustaba, pero no tanto como el otoño.
-¿Salimos fuera a dar un paseo? -dijo una ardillita.
-Vale, pero no muy lejos, porque podemos perdernos -dijo la otra.
Al salir, se encontraron con un búho muy simpático que les enseñó un poco la zona: por dónde se podía ir, por dónde era peligroso, dónde estaban los sitios más divertidos... 
Se hacía de noche, y el búho les dejó pasar la noche allí con él, para que no se perdieran. Al amanecer, le dijeron las ardillas:
-Gracias por habernos dejado pasar la noche aquí. De otro modo, seguramente ahora estaríamos perdidas por el bosque. -dijo una de ellas.
-¡Oh, no hay de qué, yo solo os quise ayudar!, sois mis amigas, ¿no? -dijo el búho sonriendo.
Las ardillas se marcharon a casa, contentas por haber estado con el búho. Si estaban tristes, ya sabían a quién acudir, porque siempre les haría levantar el ánimo.
Llegó el verano y se iban muchos días a un charco de agua a bañarse, porque como no cubría se lo pasaban bien. Lo bueno era que la siguiente estación que venía era el otoño, y tenían muchas ganas de que llegase ya.
-¿Vamos a llamar a Búho para que se venga con nosotras al charco de agua? -dijo una ardilla.
-¡Vale, nos lo vamos a pasar genial! -dijo la otra.
Fueron a llamar a Búho y se marcharon los tres juntos. Se lo pasaron genial, salpicándose con el agua, riendo los tres juntos... Era un día muy divertido para todos.
-Otro día volvemos, ¿vale? -dijo el Búho.
-Claro que sí. -dijeron las ardillas.
Se fueron cada uno a su casa, pensando en lo bien que se lo habían pasado.
- Búho es muy bueno. -dijo una de las ardillas.
Al día siguiente quisieron repetir, y así todos los días, hasta que llegó el otoño.
Esa era la mejor época, cuando las ardillas salían a jugar con las hojas que se habían caído de los árboles, comían almendras, avellanas, y así todos los días.
Y vuelta a empezar desde el principio, el invierno.
Pero todo fue muy distinto, ese invierno encontraron cerca del lago a otra ardilla despistada y la llevaron a su casa. Una de ellas se enamoró de la recién llegada.
Búho se pasaba las noches sin dormir y era el vigilante del bosque. Esa noche pudo darse cuenta de que algo estaba a punto de suceder. Todo era diferente, hasta el aire parecía sentirlo especial.
De repente la atmósfera se nubló, aunque se podía ver cómo un angelito con su arco dirigía su flecha hacia la casa donde descansaban las ardillas. ¡HABÍA NACIDO EL AMOR!
Pronto en ese bosque celebraron la unión de esa parejita de ardillas. Búho fue el padrino  y desde entonces todas las noches espera de nuevo la visita del angelito arquero para que en ese bosque reine el amor y la felicidad entre todos los animalitos.