viernes, 5 de agosto de 2011

OTRA OPORTUNIDAD PARA MEJORAR



-¡Al salir del bar empezó a comportarse de forma extraña! -comunicaba el dueño del bar a los policías.
El dueño hablaba de un chico que se emborrachó. Los policías le dijeron que el joven había cometido varios delitos: robó una moto y a varias señoras que iban por la calle les quitó el bolso, rompió una papelera y empujó a una persona dejándola caer al suelo. 
Debido a su comportamiento, no tuvieron más remedio que meterle en la cárcel por haber hecho tantas cosas malas.
El joven era adoptado, su madre adoptiva se murió en un accidente de coche, y su padre se murió por una enfermedad. Estaba solo, no tenía a donde ir.
En la cárcel todo era horrible, su habitación era pequeña y muy fría. Solo había una cama y un inodoro muy sucio. Servían muy poca comida y apenas había luz, porque la ventana tan pequeña que había no dejaba pasar luz.
Ya llevaba allí tres días, y era como si hubiera pasado un mes, no aguantaba más, quería gritar, se estaba volviendo loco, sentía como que las paredes se le iban haciendo más pequeñas, por lo  que una noche al servir la cena, le dio un puñetazo al funcionario dejándolo en el suelo.
Se le ocurrió cambiarse la ropa con el funcionario de la cena. Lo dejó tumbado en la cama de medio lado. El joven se camufló un poco la cara, para que los guardias no le pudieran distinguir bien.
Cuando no se veía ningún guardia se dirigió hacia la salida de los trabajadores. Se iba acercando cada vez más a la salida, pensando….
-Todo saldrá bien, todo saldrá bien…-dijo el joven.
Hasta que… ¡estaba fuera!, ¡no se lo podía creer! Llegó al bosque, ya nadie le podía ver; después de unos segundos se escuchó la alarma de la cárcel.
-¡Sí que han tardado en enterarse de que me he escapado! -dijo el joven contento.
Empezó a correr alejándose mucho, mucho de la cárcel. Se había alejado tanto que ya no se veía la cárcel. El bosque era inmenso, tan grande que tardaría en atravesarlo cinco días.
Buscó una zona donde vivir, estaba amaneciendo, se iba viendo el sol. Para vivir allí tenía que hacer una cabaña, o algo lo más parecido a una casa donde pudiera estar. Estuvo todo el día dedicándose a hacer un hogar.
Está casi hecha, la cabaña de madera estaba entre dos troncos donde se sujetaba bastante bien la cabaña. Es más grande que su habitación en la cárcel, con dos ventanas muy bien construidas, el techo estaba cubierto por ramas, y encima había puesto hojas, así no pasaría el agua cuando lloviera, el sol entraría por las ventanas. Era una casa perfecta para vivir. Se tumbó en el suelo, era tarde y estaba cansado.
Cuando amaneció, al pasear por el bosque en busca de comida, encontró un tronco lleno de nueces grandes, también encontró dos cubos de playa, estaban  sucios  y partidos  por la mitad pero se podían  usar. Metió allí todas las nueces y las llevó a la cabaña.
Volvió a por más, cogió todas las que había, le servirían para un par de años enteros. Pensó en coger hierbas para usarlas de cama y almohada, así dormiría más cómodo.
Era una cabaña perfecta. Había un río, parecía limpio y el agua estaba clarita, se podía distinguir con claridad lo que había en el rio. Se metió un poco para ver si cubría mucho, allí se bañaría para estar siempre limpio.
Se fijó que en el agua había peces. ¡Se alegro mucho! Así podría comérselos, cuando los tuviera, haría fuego, con cuidado de que nadie se enterara y de que no quemara el bosque, así asaría los peces para poder comérselos.
No muy lejos encontró un peral rodeado de algunos manzanos. Cogió una pera, la lavó con agua y la probó, estaba muy sabrosa. Cogió unas cuantas y las llevó a la cabaña.
Tenía una vida perfecta.
Un día pasó un chaval, no se podía ni sostener, estaba muerto de hambre, se cayó al suelo, y el joven le ayudó. Lo cogió en brazos y lo llevó hacia su cabaña. Le dio nueces, una manzana y una pera.
El chaval se encontraba mejor, le dijo que se había escapado de la cárcel, llevaba un mes, escarbaba con las cucharas, hasta que encontró la salida. El joven le contó su aventura.
-¡Si quieres, te puedes quedar aquí conmigo a vivir! ¡Yo estoy muy solo, y podríamos vivir juntos! ¿Qué te parece? -dijo el joven.
-¡A mí, genial! -contestó el chaval.
Y así se quedaron a vivir juntos. ¡Entre la naturaleza!
Un día el chaval se empezó a encontrar mal, empezó a sudar mucho, tenía mareos y le temblaban las piernas.
-¡Qué te ocurre! -dijo el joven asustado.
El chaval casi sin fuerzas ni ganas, le dijo:
-Me siento fatal, estoy enfermo.
El joven le agarró y lo sentó en el suelo al ver que parecía que no se podía sostener en pie. Fue al río cogió unas cuantas hojas y las mojó con agua. El joven se las restregó por la frente para quitarle el sudor. Cada minuto que pasaba el chaval se encontraba peor. Se le ocurrió llevarlo al pueblo más cercano de donde se encontraban, así le podrían curar.
Estaba muy pálido, le dio algo para que comiera y tuviera fuerzas, pero se negó. Lo cogió en brazos; de rato en rato paraba  a descansar, estaba agotado.
Ya anochecía. Caminaron durante horas hasta que el joven vio a lo lejos una luz. Cuando estaba más cerca se dio cuenta de que era una farola, ya veía el pueblo.
Caminaba intentando que nadie les viera, puede que la policía los estuvieran buscando, pero ahora su amigo se encontraba grave, con que solo quería que se recuperara aunque después se lo llevaran a la cárcel.
Ya a lo lejos vio el hospital, había una enfermera, el joven le pidió que curasen a su “hijo” ocultando su cara, no había que dar datos verdaderos. La enfermera se acercó al enfermo, vio que sudaba mucho, sentía como mareos, y que le temblaba el cuerpo.
-Pues me temo que su hijo ha comido setas venenosas -dijo la enfermera preocupada.
-¿Se va a morir? -le contestó el joven.
Le realizaron un análisis de sangre, devolvió y le dieron una medicación.
-Ya está, ahora dentro de poco verá como su hijo se encuentra de maravilla -le dijo la enfermera- Si hubiera llegado más tarde se hubiera muerto.
-Muchas gracias enfermera, no sabe lo feliz que estoy -dijo el joven.
-Me alegro, ahora tendrá que estar aquí en reposo como una hora más o menos -le dijo la enfermera.
-No hay problema -le contestó.
El joven estaba contento de que al final todo saliera bien, ahora solo faltaba que se recuperara y se marchasen a la cabaña. Ya habían pasado tres cuartos de hora, y el chaval se despertó.
-¿Te duele algo? -le dijo el joven.
- Me siento muy bien, sin dolores ni nada -le contestó.
-Perfecto, ya nos podemos ir, pero con cuidado de que no nos vea nadie -le dijo el joven.
Le dieron las gracias a la enfermera, y se adentraron en el bosque.
Después de andar tanto, lo primero que hicieron fue comer algo, y seguir hacia delante.
¡La vida les brindaba una nueva oportunidad para ser buenos y felices!

viernes, 15 de julio de 2011

LA LEYENDA DEL CHAJÁ




El anciano Aguará era el Cacique de una tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo distinguieron entre todos; pero ahora las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas es sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños.
Un día soleado, unos cazadores salieron a ver si tenían suerte y cazaban algo; cazaron un conejo, y de pronto se escucharon muchos disparos seguidos desde donde se encontraba la tribu. Taca, la hija de Aguará, extrañada, no entendía lo que estaba ocurriendo. Fue directa hacia su caballo y fue hacia donde se habían escuchado los disparos; pero, a mitad de camino, ya no se escuchaban los disparos, habían parado, con que regresó a la tribu.
Pasaron tres días y los cazadores no regresaban. Taca le dijo a su padre:
-Voy a ver si veo a los cazadores por el bosque -dijo ella.
-Por favor, ten mucho cuidado hija, no quiero que desaparezcas de mi vida -dijo Aguará.
Taca había entendido muy bien lo que había querido decir su padre con eso de desaparecer de su vida; se montó en el caballo, y se fue en busca de los cazadores. Después de una hora, se encontró a dos cazadores muertos, algo les había atacado.
Volvió al pueblo y le contó a su padre lo que habían visto sus ojos.
-Padre, voy  a ir al bosque a ver lo que ha atacado a los cazadores -dijo su hija.
-¡Ten mucho cuidado!, no sé qué haría sin ti, ya soy mayor y si me muero, - le contestó Aguará-  tú serías la que me sustituirías.
Taca se montó en su caballo y se fue hacia el bosque. Vio algo entre las hojas,  se le iba acercando cada vez más, y… abrió sus alas haciendo un ruido extraño. Taca se asustó, era…
-¡El Chajá!-dijo asustada.
Taca había escuchado muchas historias del Chajá que le contaban sus abuelos, lo extraño era que había atacado a los cazadores siendo inofensivo, no llegó nunca a pensar que de verdad existiera.
Era enorme, tenía los dientes afilados, las uñas de los pies y de las manos puntiagudas. Se dio cuenta de que el Chajá estaba herido, tenía dos balas en el cuerpo, ahora entendía por qué  había atacado a los cazadores: el Chajá se había asustado por los ruidos de la escopeta al disparar.
Taca cogió una cuerda gruesa y larga que tenía encima del caballo, la lanzó encima del ave, le agarró las manos y los pies, para evitar que se moviera demasiado.
Cogió su botiquín, que siempre llevaba encima por si ocurría algo. Lo abrió y sin tener idea de cómo extraer una bala, cogió unas pinzas, hizo fuerza hacia fuera y la sacó. Luego hizo lo mismo con la otra. Cogió unas vendas y se las enrolló alrededor de donde le habían dado las balas.
El Chajá se sintió mejor y se dio cuenta de que Taca le había ayudado. Taca le acarició su pelaje y el Chajá se fue volando.
Taca guardó todo lo que había sacado: las cuerdas, las pinzas, el botiquín… Se montó en su caballo y se fue hacia la tribu.
Aguará se alegró al verla, la abrazó y le dio dos besos.
-¿Qué ha pasado?-dijo su padre.
-Es una larga historia-dijo ella.
-Cuéntamela, tengo todo el tiempo del mundo-le contestó su padre.

martes, 14 de junio de 2011

¿DÓNDE ESTÁN MIS ALUMNOS?




La profesora ya había recogido el dinero para la excursión al museo.
Pidió a sus alumnos que todos bajaran del autobús en orden y despacio, pero fue como si no hubiera dicho nada.
En la entrada había una señora mirándoles e indicando que la siguieran. Ella les saludó y les dijo que por favor que no tocaran nada del museo, porque había cosas muy delicadas y antiguas.
Empezó diciendo que antes, los faraones tenían joyas y sirvientas que les hacían el trabajo. Los faraones vivían como dioses y conseguían todo lo que deseaban.
- En ese cuadro podéis ver a un faraón abanicado por dos de sus sirvientas, y al lado pirámides -dijo ella- ¿Alguien ha estado en Egipto alguna vez?
- Yo he estado con mi familia allí, de vacaciones -dijo uno.
- Tendréis que llevar, si vais, ropa de verano, camisetas de tirantes, pantalón corto, sandalias…-dijo ella- Podéis sacar alguna foto si queréis, después seguiremos con la visita. Ahora ir viendo lo demás.
Algunos niños se sentaron en un banco.  Uno de ellos, muy curioso, tocó una figura de la pared que tenía un agujero y metió su dedito. De repente ese trozo de la pared dio media vuelta, llevándose a los once niños a un sitio oscuro y frío.
Esos once niños estaban muy asustados y empezaron a dar golpes en la pared. El suelo empezó a temblar, con el peso el suelo se rompió, y cayeron todos al agua. La corriente les iba arrastrando. Tres de ellos no sabían nadar y murieron ahogados.
Llegaron los ocho niños hasta una sala donde había dos sarcófagos de pie. Los niños tuvieron curiosidad por saber lo que había dentro. Cuando los abrieron aparecieron…
- ¡Momias! -dijo uno chillando.
Las dos momias empezaron a moverse y perseguían a los niños.
- ¡A correr! -dijo uno de ellos, asustado.
No sabían qué hacer, no había salida, ¡estaban atrapados!. Se miraban los unos a los otros, sin saber cómo salir de allí. Una momia cogió a un niño, y lo encerró en el sarcófago del que había salido ella.
La otra momia hizo lo mismo que la anterior. Después las dos momias tocaron un dibujo que había en la pared, la pared se levantó y las momias se fueron.
Entonces los niños rápidamente fueron a mirar dentro de los sarcófagos para ayudar a sus dos compañeros, y descubrieron que… ¡Estaban muertos!
Los niños tenían clavados en el pecho seis pinchos con puntas muy afiladas.
Esos seis niños ya temían que iban a morir todos.
Uno de ellos estaba muy asustado, muerto de miedo, y no paraba de llorar, no podía soportar tanto sufrimiento, así que sacó el cuerpo de un niño que estaba en el sarcófago, se metió él, y los pinchos se le clavaron en el pecho al igual que les había ocurrido a los otros dos.
Se fueron de esa sala de la misma forma que lo habían hecho las momias. Ese lugar al que llegaron era enorme, no sabían por dónde salir; uno pensó en romper la pared que les rodeaba, pero los muros eran muy gruesos para poder con ellos.
Más adelante, encontraron una sala que tenía agua. Uno de ellos cogió un palo, y lo metió en el agua, para saber cuánto había de profundidad. Pero de repente apareció en el agua, como una especie de cola de…
-¡Cocodrilos! -dijo uno asustado.
Loa cocodrilos salieron del agua y fueron hacía los niños. Los niños empezaron a correr sin saber cómo escapar de ese lugar. Dos niños, se fueron por un lado y los otros tres por otro, los cocodrilos les pisaban los talones. Quedaron atrapados los tres en una sala sin escapatoria. Los cocodrilos los acorralaron, abrieron la boca y se zamparon a esos tres niños.
Los otros dos niños que quedaban, sabían que en ese momento podían haber muerto. Uno de ellos dijo:
-Tiene que haber algún lugar por el que podamos salir de aquí. En esta sala no hemos estado, ¿verdad?
-No, pero yo no vuelvo a quedarme en ninguna sala, en todas hay algo malo -le contestó.
-Pero puede que encontremos en esta sala alguna escapatoria -le dijo.
-No sé yo, pero yo no entro.
Uno de ellos entró, cuando dio el primer paso, la puerta se cerró, dejándolos separados el uno del otro. Su amigo, fue dando una vuelta alrededor de la sala, para ver si había algo para poder ayudarle, se encontró con un pequeño agujero.
Miró a través de él, y vio que las paredes se cerraban, estaban a punto de aplastar a su amigo. Pero no tenía ninguna salvación. Solo quedaba vivo él.
Empezó a buscar por todos los sitios si había alguna salida. Pasó por un lugar, y vio un dibujo en la pared que le sonaba bastante. No sabía si tocarlo, pero sin pensarlo lo hizo, y la pared dio media vuelta. Se encontraba de nuevo en el museo. Allí estaban sus demás compañeros:
-¿Qué hacéis? -dijo él.
-Buscar a los compañeros que se han perdido -dijo uno de ellos.
-¡Yo sé lo que les ha ocurrido a todos! -dijo él -¡Están muertos!
-¿Qué? -le contestó.
Les empezó a contar a sus compañeros y a la profesora lo ocurrido. Pero… nadie le creía. Llegaron a concluir que habían salido del museo y se habían perdido. La profesora estaba desolada. ¿Qué les diría a sus padres?
Cuando llegaron al colegio, estaban sus padres allí, para recibir a sus hijos, pero diez de ellos se llevarían una mala noticia. La profesora les dijo que se habían perdido, y que habían estado cinco horas buscándolos, pero ni rastro de ellos.
Los padres tenían ganas de chillar y de llorar, estaban confundidos. Tenían ganas de llamar a la policía aunque ya era demasiado tarde.
La excursión al museo se había convertido en una tragedia.
Entonces bajaron el telón del teatro del colegio y, al volverlo a subir aparecieron todos sonrientes y los diez compañeros llenos de manchas de tomate por todas partes.
La función había sido todo un éxito.

domingo, 22 de mayo de 2011

UNA SIRENA EN MI VIDA


Según cuenta la leyenda, muchas noches a las 12 horas en punto, en la pista de patinaje de un lejano pueblo de América se veía debajo del hielo una chica con el pelo moreno y muy largo. Pero nadie se atrevía a ir a comprobarlo porque los que la habían ido a ver  no volvían y otros, en cambio, sí; éstos decían que daba escalofrío verla y te dejaba la piel helada.
Un día un joven se acercó a las pista de hielo. Cuando su reloj marcaba las 12:00, se arrodilló y miró hacia abajo, esperó unos minutos hasta que la vio. Era tal y como le habían dicho los que la habían visto; pero no entendió porqué tenía los ojos cerrados.
El muchacho tenía mucho interés en saber cómo es que estaba una chica debajo del agua y resplandecía. Hasta que se le ocurrió hacer una barbaridad, porque el misterio le superaba. Entonces puso en marcha su plan. Cogió un hierro fuerte y duro, hizo un agujero grande y cuando pasó por debajo del agujero la agarró del brazo. Pero se dio cuenta de que el agujero era demasiado pequeño para poder sacar de allí a la chica.
Sujetando el brazo de la chica y sin parar de golpear el hielo, consiguió sacarla. Estaba helada y lo primero que pensó fue acercarla a su cuerpo para que entrara en calor; mala idea, sólo consiguió enfriarse él.
Arrastrándola, consiguió sacarla de la pista de patinaje. La dejó en el suelo.
Asombrosamente, la chica abrió los ojos y rápidamente los cerró y pronunció una única palabra: “JUSTICIA” Al escucharla, el joven volvió la cabeza, pero no pudo ver sus preciosos ojos.
Llevaba el pelo recogido por una gorra de material, como de aviador antiguo; una camisa abrochada hasta el cuello y una falda larga. En la camisa, un bordado con la misma palabra, “JUSTICIA”.  Parecía sacada de una revista de modas de los años 20 del siglo pasado, hacía ya unos 90 años.
Sus pies estaban desnudos, y cuando el joven los tocó sintió que estaban unidos por una especie de gelatina. Miró atentamente y le pareció extraño todo.
Esperó bastante tiempo hasta que ella abrió los ojos. Se fijó en  su color, eran de un color azul intenso, como el agua.
Cuando ya no sentía tanto frío, el chico le dijo:
- ¿Cómo te sientes?
- Mejor -respondió ella- Estaba atrapada debajo del agua, creo que desde hace unos años… No sé cuánto tiempo llevaría allí, ¡es una larga historia!
- ¡Cuéntamela, tengo todo el tiempo del mundo!  -dijo él.
- Bueno, está bien, pero no se lo cuentes a nadie por favor, confío en ti. -dijo ella mirándole fijamente a los ojos.
- Tranquila, puedes confiar en mí -respondió él.
- Hace ya muchos años, yo me encontraba en una avioneta, estaba dando un paseo cuando de repente algo iba mal. Me fui directa a coger el paracaídas, pero lo encuentro con un agujero grande y me pongo muy nerviosa, alguien había manipulado la avioneta. Por eso me estrellé en esta laguna, quedando atrapada en el agua sin poder escapar.
 - Pero… entonces… ¿cómo es que ahora estás viva? –preguntó extrañado.
- Eso es porque… con el tiempo… me he convertido en una…una… -dijo ella.
- ¿En una qué? -dijo el chico.
- En una sirena. -contestó ella rápidamente.
-Por eso tenías como una especie de gelatina que te unía los pies. -dijo él- Y ahora también entiendo porque tenías la gorra de aviador.
-  ¿Y los chicos del pueblo? ¿Los has matado tú? – continuó el joven.
- ¿Yo? ¡No! – se entristeció la sirena -. Pobrecitos.
- ¿Entonces?
- Se asustan cuando me ven, y más si intento capturar algún pececillo para comer. Y salen corriendo como locos.
- Pero nunca vuelven al pueblo…
- Sí vuelven, o lo intentan, el miedo les deja paralizados a los pasos; no deben estar muy lejos.
Justo en ese momento, se escuchó una ráfaga de viento que, al chocar con las rocas cercanas al lago producía un sonido extraño
Escucha atentamente – le advirtió la sirena – Es la voz de aquellos amigos tuyos, que sale de lo profundo de las rocas, y piden…
- ¡Justicia! – susurró el joven.
- ¿Cómo que justicia? -dijo ella.
- ¡Justicia por quién te ha hecho esto! -dijo el joven.
- Me alegro que te preocupes por mí, pero es imposible encontrar a quien me hizo esto. -dijo ella.
- Yo todos los días por la mañana, mientras desayuno, pienso tres cosas imposibles -dijo él- Como por ejemplo ver una sirena; eso no es normal, encontrarse con una sirena, ¿verdad?
- Cierto -dijo ella.
- Nunca digas no, sin haberlo intentado. -dijo el joven.
Pasado un rato, ocurrió algo extraño.
- Mira, ya no tengo cola de sirena, ha desaparecido. -dijo ella, supercontenta.
- Pero… ¿cómo puede ser eso?, si hace un momento no podías andar. -dijo el joven, confuso.
El joven le dejó quedarse unos días en su casa hasta que encontrara un lugar donde vivir.
Al beber agua se le resbaló el vaso, se mojó con el agua, y el vaso cayó al suelo, quedando roto en piezas pequeñitas de cristal. Y de pronto, le volvió a aparecer de nuevo la cola de sirena.
Ahora ella ya lo entendía todo, cuando le tocaba el agua, se convertía en una sirena.
El joven fue corriendo hacía ella, para ver lo que había ocurrido.
- ¡Vuelves a tener la cola de sirena! -dijo él.
-Tranquilo, ahora te lo explico todo, me acabo de dar cuenta de cómo funciona esto.
Empezó a explicarle que cuando se mojaba, o le tocaba el agua, se convertía en una sirena.
- Por lo menos es mejor eso, que estar todo el rato siendo una sirena.
- Tienes razón -dijo ella suspirando.
Ella, se sentó al lado del joven y le dijo:
-Gracias por toda tu amabilidad, por todo lo que me has ayudado, pero he pensado que sería mejor, disfrutar del resto de mi vida, en vez de buscar a quien manipuló la avioneta. -dijo ella.
-¡Sí, es verdad!-dijo él- Deja atrás todo lo malo, para seguir hacia delante siendo más feliz.
El joven le ofreció quedarse a vivir en su casa, a pesar de lo que había sucedido antes con el agua.
-¡No hace falta que busques un lugar donde vivir! ¡Quédate aquí conmigo! -dijo el joven.
-¡Oh gracias, no sabes lo contenta que me siento al escuchar eso, muchas, muchas gracias! -dijo ella, feliz.
Se quedó a vivir con él, y siguió su vida, que durante tanto tiempo había sido interrumpida, con precaución de no mojarse.

miércoles, 11 de mayo de 2011

UNO MÁS EN LA FAMILIA



Era una noche lluviosa y muy oscura, estaba tronando, cuando de repente sonó el timbre en la casa de Ian, un niño de 5 años que vivía con su mamá, su papa y Kiko, el gato.
-¡Voy yo! -dijo Ian corriendo hacia la puerta.
Cuando la abre mira a un lado y después al otro, pero no ve nada. Antes de cerrar la puerta, se da cuenta de que en el suelo había…
-¡Un bebé! -dijo sorprendido y contento.
Él siempre había querido tener una hermanita.
-¡Mamá! –dijo. -¡Corre, ven rápido!
-¡Ya voy! ¡Tranquilo! ¡Qué ocurre! -dijo la madre algo asustada.
-Ocurre esto -dijo Ian.
Ian se apartó dejando ver a su madre el bebé. Era una niña, tenía los ojitos cerrados y estaba dormida.
-¡Pero qué monada de bebé! -dijo la madre.
La madre la cogió en brazos y la llevó dentro de casa, si no se constiparía, aunque estaba envuelta con una manta.
-¡Papá! -dijo Ian gritando- ¡Mira,  ven rápido!
El padre al verla se quedó sorprendido, y Ian le fue contando a su padre lo ocurrido.
El gatito que estaba durmiendo, se levantó y se dio cuenta de que ahora había un nuevo miembro en la familia.
-Vamos a dejarla en la cuna de Ian. -dijo la madre. -¿No te importará verdad?
-¡A mí! ¡Qué va!, la puedes dejar en mi cuna. -dijo él.
Cuando le quitaron la manta, la madre se fijó que había una nota, la cogió y la leyó en alto:
-Espero que haya dejado a mi bebé en buenas manos. Por favor cuidarla bien, no puedo deciros el motivo de por qué no puedo cuidarla ni criarla yo. Ponedle un nombre, yo he preferido no hacerlo. Gracias.
La madre dijo que teníamos que pensar un nombre para ella. Como cada uno quería un nombre distinto la madre pensó:
-Podríamos coger un trozo de papel cada uno, escribir el nombre nos guste para la niña, dejarlos boca abajo, mezclarlos y escoger uno al azar. Ese será su nombre. -dijo la madre resuelta.
-¡Sí, me parece bien! -dijo Ian.
-Pero después no valdrá quejarse -dijo el padre.
El gato estaba tumbado en el sofá observándolos y algo aburrido. El padre escribió Sofía; Ian, Claudia; y la madre, Amanda. Cuando los mezclaron, Ian eligió uno.
-¡Sofía! -dijo Ian en alto.
-¡Bien, ese es el nombre que yo había escrito! -dijo el padre contento.
Como era tarde, todos se fueron a dormir. Sofía ya estaba en la cuna.
Kiko siempre salía por las noches con sus amigos. Se fue con cuidado, para no despertar a nadie.
-¡Ya estoy fuera! -dijo él. -¡Qué tarde es, voy a llegar tarde!
Se fue corriendo, y enseguida llegó.
-¡Hola amigos! -dijo -Siento haber llegado tarde, es que como hoy en casa ha ocurrido algo pues…
-No hace falta que nos des ninguna explicación, no importa. -dijo el jefe de los gatos.
-¡Oh gracias! Solo es que ha llegado otro miembro más a nuestra casa. -dijo contento.
Los gatos se llevaban fatal con los perros, siempre discutían, y Kiko quería que pudieran llegar a ser amigos.
-Me voy cachorros, tengo un asunto pendiente, -dijo él- tengo que hablar con un perro y decirle lo que he pensado, para que se lo diga a los demás. -dijo Kiko.
Los perros también se reunían, pero en otra parte. Cuando llegó cerca de los perros, éstos miraron a Kiko de forma enfadada. Kiko no se atrevía a hablar con ellos.
-Será mejor que los deje tranquilos y decírselo solo al jefe de los perros - pensó Kiko.
Cuando Kiko les dijo su idea a sus amigos dijeron todos:
-¡No! ¡Nunca!
Kiko quería que los perros y los gatos fuesen amigos, pero más lo hacía porque estaba enamorado de una perrita muy guapa. Tenía unas pestañas largas, la piel marrón claro, y ojos azules, aunque no era cosa normal que le gustase una perrita.
La perrita también le quería, pero los padres de la perrita no permitían que se juntase con él. Por eso un día se construyó un gran muro dejando separados a los amantes. Cada noche los pájaros sentían pena por ellos y formaban un puente, así Kiko podía pasar al otro lado y poder ver a su perrita.
Después de haberla visto y haberle hablado, Kiko se fue hacía su casa, se echó a la cama y se durmió soñando con ella.
A la mañana la mamá despertó a Sofía para darle el desayuno y después a Ian. El padre estaba durmiendo porque se sentía muy cansado.
Sofía estaba contenta, pero la madre empezó a pensar en ella:
-Ahora que está Sofía, habrá que comprarle pañales, y comida que no sea para masticar, coma sopa, puré, leche... -pensaba la madre.
Después de haber desayunado, Sofía dijo:
-¡Mamá!
La madre se alegró mucho, había dicho su primera palabra. Se lo dijo al nuevo hermanito de Sofía, y cuando se despertó el padre, se fue directa a contárselo.
Y así, el gatito, la madre, el padre y también Ian, iban acomodándose poco a poco a las nuevas circunstancias que suponía tener otro miembro más en la familia.
Por otra parte Kiko sabía que debería conformarse con una bonita amistad entre él y su perrita enamorada. Y eso fueron siempre, ¡buenos amigos! Y además, con el consentimiento de los papás gatos y perros.

sábado, 9 de abril de 2011

LA NUEVA VIDA DE LISA


   















                                                 
Lisa era una chica alta, delgada, con el pelo largo, y siempre llevaba tacones. Se mudaba a otro barrio, porque en su casa no había ascensor y, como vivía en el penúltimo piso, no le gustaba tener que subir todas las escaleras nada más llegar de la calle.
Iba con una maleta en cada mano y un bolso colgado en el hombro. Tenía cara de cansancio del peso que llevaba. Por el camino se encontró un décimo de lotería en el suelo. Se paró, dejó las cosas en el suelo y lo cogió. Se lo guardó en el bolsillo del abrigo para no perderlo.
Más adelante, ya veía el edificio donde iba a vivir. Estaba allí la agente comercial que el otro día le había enseñado la casa para ver si le gustaba.
-¡Hola! -dijo Lisa- Ya llegué. Después de tanto buscar una casa apropiada para mí, ya me he decidido.
 -Me alegro mucho que ya la haya encontrado -dijo la agente contenta.
Le dio algo de dinero, entró a su nueva casa y se despidió de la agente. Empezó a colocar su equipaje: la ropa al armario, los cuadros en la pared, la comida a la nevera…
Cuando ya estaba todo en su sitio, salió fuera a dar un paseo para que le diera el aire. Cogió su abrigo y la bufanda.
Como estaba soltera, se aburría la mayor parte del día sola. Pero un día se planteó tener un marido, aunque para ella eso le iba a ser muy complicado, pues no era tarea fácil. Al pasear vio a una pobre señora, que estaba en medio de la calle pidiendo que le diesen algo. Lisa, pensó en darle el décimo a la señora, lo necesitaba más que ella.
Cuando dio una vuelta por el barrio, entró a su casa, se quitó el abrigo, y se tumbó en el sofá para descansar. Al día siguiente tomó para desayunar unas tostadas con mantequilla y un vaso calentito de leche. Se acercó a la puerta, abrió y cogió el periódico que estaba en el suelo, se sentó y empezó a leerlo. Vio la sección de empleos, y buscó un trabajo apropiado para ella.
-Basurera, no.
-Niñera, tampoco.
-Profesora tampoco.
-Bombera, tampoco. -dijo pensando
-¡Sí eso sí, secretaría!
Llamó al número de teléfono y le aceptaron en el trabajo. Empezaba mañana mismo, aunque ese día solo le explicarían lo que tenía que hacer.
Cuando terminó de desayunar, se vistió, y se fue a comprar unos zapatos con tacones que le quedasen bien, ella siempre quería estar mona. Lo malo es que tenía una mancha en el cuello que era muy fea, y para ocultarla siempre llevaba una camiseta larga, para que nadie viera esa mancha.
Se fue hacia la tienda, y empezó a ver todos los zapatos que había. Unos le gustaron mucho, pero el precio era muy caro y no los podía comprar porque, después de haber comprado la casa, tenía que ahorrar un poco de dinero.
Volvió a casa con un foular y unos zapatos nuevos, no muy caros.
Decidió salir a pasear, se chocó con una persona y le tiró todos los libros que llevaba encima. Le ayudó a recogerlos y se disculpó.
-Lo siento, no te había visto. -dijo ella.
-Tranquila, no pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir. -dijo Jaime, el chico.
-Parece que te gusta mucho leer, ¿no? -dijo Lisa.
-¡Sí, vengo de la biblioteca! -le contestó.
Jaime y Lisa hablaron un rato y se conocieron un poco mejor. Se despidieron y cada uno siguió su camino. Fue a la biblioteca, y pensó que podría coger unos libros por si se aburría y no sabía qué hacer. Se fue hacia su casa y dejó los libros encima de la mesa.
Pensó que podría conocer a sus vecinos. Salió de casa y llamó a la puerta de al lado.
-¡Hola! -dijo Lisa. -Llegué ayer, y quería saber quiénes van a ser mis vecinos.
-Pues me parece muy bien. Yo soy Carlos y esta es mi mujer Clara. -dijo el vecino.
-¡Encantada de conoceros, adiós, ya nos iremos viendo!. -dijo ella contenta.
Fue al otro lado del rellano, pero no había nadie, estaba en venta. Se fue a su casa, y como era tarde, cenó, se fue al baño y se echó a la cama. En realidad, no había tenido un tan mal día como ella se había imaginado.
Otro día. Se despertó, salió de casa y se fue hacia el trabajo. Cuando llegó, se saludaron y empezó a explicarle paso a paso todo lo que iba a tener que hacer allí.
-Entonces yo los atiendo y les doy lo que ellos me piden. -dijo Lisa.
-Sí eso quiero que hagas, pero tienes que saber donde está cada cosa: los lápices, los bolis, las pinturas, el pegamento… -dijo ella
-Si quieres hoy te puedes ir ya a casa y mañana empiezas a trabajar. –dijo la jefa.
-Ah pues vale, así para mañana ya lo tendré todo claro. -le contestó Lisa.
Al irse hacía su casa, compró una barra de pan en el supermercado, la pagó y siguió su camino. Se dio cuenta de que había llegado alguien a la casa de al lado, la que estaba en venta. Se acercó a ver y vio quién sería su nueva vecina. Tocó a la puerta y de repente:
-¡Caramba! -dijo sorprendida. -¡Pero si yo a usted la conozco!
-Gracias a ese décimo que me dio me cambió la vida, de estar en la calle, ahora me encuentro aquí, en una casa, y no paso frío. Me sobró hasta dinero para cambiarme de ropa, ducharme y comer algo para recuperar fuerzas. -dijo la señora, feliz.
-¡Ay!, pero qué bien. ¡Cuánto me alegro! -dijo Lisa.
Se fue a su casa, sorprendida por lo que le acababa de ocurrir. Ella pensaba, le doy a una señora pobre un décimo, y al día siguiente me la encuentro viviendo al lado, feliz y sobrándole dinero. Si no se lo hubiera dado, ahora mismo yo tendría mucho dinero, pero me alegro de haberle ayudado a reconstruir su penosa vida.
-¡Qué mañana tan rara! -concluyó Lisa
Al rato empezó a comer. Como estaba muy silenciosa la casa, se puso la tele a ver lo que echaban, hasta que encontró algo entretenido para ver. Pasó la tarde, cenó, se lavó los dientes, hizo pis y se echó a la cama.
Ella en la cama pensaba…
-¿Por qué todos los días tendrán que ser iguales o parecidos? -dijo pensando -Levantarse, desayunar, lavarse los dientes, ir a trabajar, comer, dar un paseo, ver la televisión… Aunque a veces, pasan cosas distintas, raras. Como hoy con la nueva vecina, fue algo muy sorprendente y maravilloso.
Cerró los ojos, intentó dormir. Después de un rato se levantó, cogió un bolígrafo y escribió algo en la pared. Volvió a dejar el bolígrafo donde lo había cogido, se fue hacia su cama, pero se tropezó con la alfombra y se cayó, se volvió a levantar y se echó a la cama de nuevo.
Por la mañana, se dirigió al salón, se preparó el desayuno y…
-¿Y eso? Eso no estaba ayer, que me acuerdo perfectamente. -dijo Lisa, extrañada
Se levantó de la silla, se acercó y vio que ponía: “Sonámbula”
-¡Qué raro!, no creo que lo haya puesto yo. O puede que sí, y que sea para que yo sepa que soy sonámbula. -dijo ella
Como tenía prisa, se fue hacia el trabajo, sin poder olvidar todo lo sucedido.
Se acordó de pronto de que le pareció ver algo escrito en la pared cuando fue a visitar la casa por primera vez, pero entonces no le había prestado ninguna atención.
Esa noche había soñado precisamente con todo eso, lo de me levanto, me caigo, me levanto, me voy a la cama, el boli, la alfombra. “Caso felizmente cerrado”,  pensó ella, y respiró aliviada, pues ser sonámbula no le hacía ninguna gracia.
Mientras iba por la calle ensimismada con todos sus pensamientos, vio que se le acercaba el chico tan majo de los libros del otro día. Se pusieron los dos tan contentos por haberse vuelto a encontrar…, y hasta el día de hoy, Lisa y Jaime, siguen juntos y felices.

domingo, 13 de marzo de 2011

EN MEDIO DE LA NATURALEZA

                   

Una familia se iba de vacaciones a un albergue, estaban muy ilusionados, sobre todo los niños, Óscar y Lucas. Estaba un poco lejos, pero se pasaría el rato enseguida si ponían música. Después de un buen rato de camino, los niños ya se cansaban de escuchar música, de todo, y se estaban mareando.
-¿Falta mucho? -dijo Óscar cansado
-Pues faltará la mitad del viaje, como una hora -le contestó la madre
-¿No podemos parar en alguna parte para que nos dé el aire y descansar? -dijo Lucas
-Vale, pero solo un rato, que nos están esperando para comer allí.
Cuando vieron una zona de descanso aparcaron el coche, y los niños contentos salieron y empezaron a jugar sin desperdiciar el tiempo. Corrían, saltaban, reían... hasta que los padres dijeron:
-¡Vamos niños! Ya es hora de irnos pues no llegaremos para la comida a tiempo.
-Uf, vale. -dijeron los niños
Cuando estaban en el coche, los niños pensaron que para no aburrirse podían jugar al veo, veo. Pero en cuanto pasó un rato ya se cansaron de jugar.
-¡Mamá! -dijo Lucas- ¿falta mucho?
-Ya falta menos, pero si estáis todo el tiempo quejándoos no vais a conseguir nada.
-¿Y qué quieres que hagamos? -dijo Óscar- ¿qué nos quedemos quietos, sin hacer nada, y mirar el paisaje?
-¡Pues sí, eso mismo quiero que hagáis!, sin molestarnos, que si no le ponéis nervioso a vuestro padre y lo distraéis.       
Después de un rato, ya vieron un cartel que ponía “Albergue Familiar”. Los niños se alegraron y ya estaban más tranquilos al saber que ya casi habían llegado.
A partir de donde vieron el cartel, la carreta fue distinta, y costaba más circular por ella por la cantidad de piedras que había, y las curvas. Más adelante ya vieron las instalaciones, había una señora mirándolos, indicándoles que aparcaran el coche donde ella les señalaba.
-¡Qué bien que ya hemos llegado! -dijo Óscar contento
-Sí, ya me estaba hartando de coche.
-Bueno, ya estamos aquí. Ahora cogeremos las maletas y las dejaremos donde nos digan.
La señora les dio la llave de la cabaña donde iban a dormir, para poder dejar las cosas. Al entrar había dos literas, una a cada lado. No era muy grande, pero sí muy acogedora. La señora les dijo que se fueran rápido al comedor, y se encontraron con más personas que habían ido allí a pasar las vacaciones.
-¡De momento todo me  está gustando! -dijo Lucas- No es como me lo imaginaba, pero está bastante bien.
La mujer les acompañó al comedor porque no sabían dónde estaba. Era bastante grande, aunque en ese momento solo estaban ellos, porque como habían llegado un poco más  tarde, ya habían comido los demás.
Al terminar de comer hablaron con la encargada, que les explicó dónde estaban los baños, los horarios de la comida, la cena y el desayuno. También les dijo que por la noche hacía frío, y había que abrigarse para poder salir. Cuando lo tuvieron todo claro se fueron a su cabaña.
-¿Aquí hay niños? -dijo Lucas
-Pues no sé, alguno habrá. -contestó la madre
El paisaje era todo de árboles, se parecía mucho a un bosque, como el de los cuentos. La encargada les dijo que por el día hacía calor, pero por la noche frío. Se llevaron al albergue unas raquetas de bádminton para jugar, el parchís, las cartas...
Decidieron salir a dar un paseo para ver el lugar y conocerlo mejor. Encontraron unos troncos en el suelo, como si los hubieran cortado con una sierra o se hubieran caído al suelo. No eran muy grandes y se podían mover con facilidad.
-¡Mira que troncos! -dijo Óscar- ¡Ya sé que podríamos hacer con ellos!
-¿Qué se te ha ocurrido? -dijo Lucas
-Podríamos montar una cabaña o una choza, como la de los indios. -le contestó
-Ah, sí, eso es una muy buena idea, y entretiene un montón. Seguro que nos va a quedar genial -dijo Lucas supercontento
-Mañana empezaremos, ahora estoy cansado, y después de cenar ya será tarde, y como estará oscuro no se verá lo suficiente para montarla. -dijo Óscar
Cansados, entraron a la cabaña y se tumbaron en la cama. Se quedaron allí hasta la hora de la cena. Al poco tiempo, llegó la hora de ir a cenar, se pusieron cada uno su chaleco y se fueron todos juntos. Al entrar en el comedor, cogieron las bandejas y la cocinera les sirvió la cena.
-¡Qué bien, hay sopa y albóndigas! -dijo Óscar
-Después de cenar, a la cama. -dijo el padre
-Papi, no, déjanos salir a dar un paseo antes de irnos a la cama, por fi. -dijo Lucas
-Vale, un rato, pero os tendréis que abrigar para no constiparos, que ya sabéis que por la noche aquí hace frío. -dijo la madre
Después de cenar, se cogieron el abrigo y salieron a dar un paseo. El cielo estaba precioso, lleno de estrellas. Cuando pasearon un poco, dijeron:
-Mañana montamos la cabaña como la de los indios. -dijo Lucas
Se fueron hacia su cabaña, la de dormir, no la de los indios. Se pusieron el pijama y se echaron a la cama.
-Yo hoy duermo arriba, y tú mañana. -dijo Óscar             
-Vale. -le contestó Lucas
Después de unas horas, Lucas despertó a sus padres y les dijo:
-Tengo que ir al baño.
-Cariño, acompáñale al baño. -dijo la madre
-Vamos, cógete el abrigo que te acompaño al baño. -dijo el padre
Se pusieron el abrigo, salieron de la cabaña y se fueron hacia los baños
-¡Venga, Lucas, que estoy cansado!, me quiero ir a dormir. Te espero fuera. -dijo el padre
-Ya voy -le contestó
Cuando terminó Lucas, se dirigieron a la cabaña, entraron y se echaron de nuevo a la cama. Al día siguiente, se cambiaron de ropa, se pusieron el abrigo y se dirigieron hacia el comedor. Cuando terminaron de desayunar, Lucas y Óscar empezaron a montar la cabaña.
-Coge tú del otro extremo del tronco, ayúdame a levantarlo y lo apoyamos en este tronco. -dijo Lucas
-Ten cuidado, a ver si nos vamos a hacer daño -le contestó su hermano
Cuando apoyaron el árbol, cogieron otro, así hasta que tuvieron unos cuantos. Ya se iba pareciendo más a las cabañas de los indios.
-Ya nos falta menos. Un tronco más y estará terminada. -dijo Óscar
Al poner el último tronco, a Lucas le hacía daño un dedo, y se dio cuenta de que se le había clavado una astilla.
-¡Se me ha clavado una astilla en el dedo!. Ahora vuelvo, que le voy a decir a papá que me la quite con un alfiler. -dijo Lucas
Lucas intentó no llorar, porque su padre siempre decía que los niños valientes no lloraban. Se le escapó alguna lágrima, pero al final se la quitó.
-Ya me la ha quitado papá. -dijo Lucas al volver
Al terminar la cabaña, sobraron algunos troncos. A ellos les gustaba mucho andar por encima de ellos. Pensaron que no estaría mal poner algún adorno en la cabaña, pero como allí no tenían nada para poder poner, la dejaron así.
Para descansar de la faena dieron una vuelta, y vieron que había más casetas o cabañas a lo lejos, montadas con troncos y cuerdas. Se acercaron un poco para verlas, estaban bastante mejor construidas que la que habían hecho ellos, pero les daba igual, porque se lo habían pasado bien construyéndola.
-¡Qué cabañas tan bien construidas! -dijo Óscar
-Vamos a volver a nuestra cabaña, por si nos están buscando nuestros padres. -dijo Lucas
Al entrar en la cabaña, Lucas y Óscar le contaron a sus padres lo que habían hecho esa mañana, y que se habían divertido mucho.
-¡A ver cómo os ha quedado la cabaña! -dijo la madre
Los niños le enseñaron a su madre la cabaña, estaba muy bien hecha. Su padre estaba en el baño, por eso no se la enseñaron en ese momento, se la enseñaron cuando volvió.
Cuando llegó la hora de comer, se fueron hacia el comedor, y contentos empezaron juntos a comer. Al terminar le llevaron la bandeja a la cocinera.
Ya habían salido todos del comedor, y los padres dijeron a los niños que esa tarde se marchaban.
-Lo siento, pero esta tarde nos vamos. Le habíamos dicho a tu abuelo que iríamos el 3 de agosto a visitarle. -dijo la madre
-¡Pero hemos estado muy poco en este sitio, solo dos días! -dijo Lucas
-Ya lo sé, además, no sabíamos si esto os iba a gustar, pero como he visto que sí y mucho, pues ya vendremos para navidad, o semana santa. -dijo la madre
-¡Vale, para navidad o semana santa volvemos! -dijo Óscar no muy contento por irse
Se despidieron de la cocinera, y como solo habían estado dos días no hicieron muchos amigos, pero se divirtieron a tope. Hicieron sus maletas, se montaron en el coche y por el camino recordaban cómo se lo habían pasado.

sábado, 5 de febrero de 2011

UN ENCUENTRO INESPERADO

                               

Unas ardillitas estaban en un árbol subidas, vivían en él; pero un día tuvieron que abandonarlo porque vieron que se dirigían hacia ellas unos leñadores para cortar el árbol; los leñadores estaban cortando todos los árboles de la zona.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -dijo una ardilla.
-Pues supongo que tendremos que buscar otro árbol, que se encuentre lejos de esos leñadores.  -dijo la otra.
Se adentraron más hacia el bosque, estaban en la época de invierno, y si no encontraban pronto un lugar para protegerse del frío, se congelarían y se morirían de hambre.
Más adelante, vieron un lago muy grande, casi congelado, y no querían arriesgarse a pasar por encima. Subieron a un árbol para ver donde se encontraba el otro extremo del lago y poder ir por tierra; pero al mirar se dieron cuenta de que había una cueva de lobos, y cambiaron de idea.
-Tendremos que pasar por encima, con cuidado de que no se rompa el hielo -dijo una.
-Sí, porque si no nos hundiremos; además, no sabemos nadar -dijo la otra.
Las ardillas pusieron un pie, y otro, y otro, y así poco a poco. De repente, un lobo salió de la cueva, las observó y se acercó. Como él desde atrás veía que el hielo estaba a punto de romperse, las ayudó. Fue corriendo hacia ellas, las cogió con la boca, con cuidado de no hacerles daño, pegó un brinco, y las llevó a la orilla. De pronto, se rompió la laguna por el peso del lobo.
-¡Gracias por habernos ayudado! -dijeron las ardillitas.
-¿Por qué no habéis ido andando? -dijo el lobo.
-Es que pensábamos que nos podríais comer, o hacernos daño. -dijo una ardilla, temerosa.
-¡Qué va!, nosotros no haríamos eso. Bueno, por lo menos yo -dijo el lobo – Bueno, ¡que tengáis un buen día!
Las ardillitas siguieron su camino, buscando y mirando un árbol que les pudiera proteger del frío. Después de un tiempo, vieron que muchos pajaritos volaban con mucha prisa y todos asustados. Escucharon un ruido de escopeta, y entonces las ardillas también se pusieron a correr. Iban de un lado a otro, esquivando los árboles, nerviosas.
-¡Vamos a ese árbol para escondernos mientras tanto! -dijo una.
-¡Vamos! -dijo la otra.
Subieron a lo alto del árbol y por un agujerito veían todo lo que ocurría: dos pajaritos cayeron al suelo a gran velocidad. Lo que no podían entender las ardillas, era por qué ese cazador mataba a los pájaros y no los recogía.
Más tarde, cuando el cazador ya se había ido, bajaron del árbol y se acercaron a los pájaros, para ver si alguno estaba vivo y poder ayudarle, pero todos estaban muertos.
-¡Malvado cazador!, ¡qué forma de entretenerse!  -dijo una ardilla triste.
-¡Si pudiéramos hacer algo! -dijo la otra.
Las ardillas, muy apenadas siguieron su camino. Después de mucho andar, vieron un lugar que estaba  bien, sin ruidos de escopetas, sin leñadores, sin animales peligrosos, y con grandes y fuertes árboles. Subieron a uno y estaban bastante bien. Se encontraron con más ardillitas que les ofrecieron algo para comer. Era un lugar en el que se podría vivir tranquila.
-Después de tanto andar, al final ha valido la pena, aunque hayamos tenido que pasar muchas cosas malas -dijo una ardillita, aliviada.
-Pues la verdad es que sí -dijo la otra.
Pasado todo el invierno, llegó la primavera. Lo que más les gustaba era la estación del otoño. La primavera también les gustaba, pero no tanto como el otoño.
-¿Salimos fuera a dar un paseo? -dijo una ardillita.
-Vale, pero no muy lejos, porque podemos perdernos -dijo la otra.
Al salir, se encontraron con un búho muy simpático que les enseñó un poco la zona: por dónde se podía ir, por dónde era peligroso, dónde estaban los sitios más divertidos... 
Se hacía de noche, y el búho les dejó pasar la noche allí con él, para que no se perdieran. Al amanecer, le dijeron las ardillas:
-Gracias por habernos dejado pasar la noche aquí. De otro modo, seguramente ahora estaríamos perdidas por el bosque. -dijo una de ellas.
-¡Oh, no hay de qué, yo solo os quise ayudar!, sois mis amigas, ¿no? -dijo el búho sonriendo.
Las ardillas se marcharon a casa, contentas por haber estado con el búho. Si estaban tristes, ya sabían a quién acudir, porque siempre les haría levantar el ánimo.
Llegó el verano y se iban muchos días a un charco de agua a bañarse, porque como no cubría se lo pasaban bien. Lo bueno era que la siguiente estación que venía era el otoño, y tenían muchas ganas de que llegase ya.
-¿Vamos a llamar a Búho para que se venga con nosotras al charco de agua? -dijo una ardilla.
-¡Vale, nos lo vamos a pasar genial! -dijo la otra.
Fueron a llamar a Búho y se marcharon los tres juntos. Se lo pasaron genial, salpicándose con el agua, riendo los tres juntos... Era un día muy divertido para todos.
-Otro día volvemos, ¿vale? -dijo el Búho.
-Claro que sí. -dijeron las ardillas.
Se fueron cada uno a su casa, pensando en lo bien que se lo habían pasado.
- Búho es muy bueno. -dijo una de las ardillas.
Al día siguiente quisieron repetir, y así todos los días, hasta que llegó el otoño.
Esa era la mejor época, cuando las ardillas salían a jugar con las hojas que se habían caído de los árboles, comían almendras, avellanas, y así todos los días.
Y vuelta a empezar desde el principio, el invierno.
Pero todo fue muy distinto, ese invierno encontraron cerca del lago a otra ardilla despistada y la llevaron a su casa. Una de ellas se enamoró de la recién llegada.
Búho se pasaba las noches sin dormir y era el vigilante del bosque. Esa noche pudo darse cuenta de que algo estaba a punto de suceder. Todo era diferente, hasta el aire parecía sentirlo especial.
De repente la atmósfera se nubló, aunque se podía ver cómo un angelito con su arco dirigía su flecha hacia la casa donde descansaban las ardillas. ¡HABÍA NACIDO EL AMOR!
Pronto en ese bosque celebraron la unión de esa parejita de ardillas. Búho fue el padrino  y desde entonces todas las noches espera de nuevo la visita del angelito arquero para que en ese bosque reine el amor y la felicidad entre todos los animalitos.